No tienen nombre. Sito, el operario municipal que se encarga de cuidarlos, considera que así será más fácil dejar marchar a los dos cerdos que dentro de unas semanas -en marzo, si se cumple el calendario previsto- serán sacrificados en Valga. De momento, los dos gorrinos comen y descansan, descansan y comen, en un recuncho de la vieja escuela taller de la localidad.
Los dos animales sin nombre llegaron a su actual casa en el mes de septiembre. Llegaron de Laíño (Padrón), con unos cien kilos de peso cada uno. Ahora, cuatro meses después, andarán por los 160 kilogramos. Y aún les queda peso que ganar a base de engullir una mezcla de cereales y los restos que llegan del invernadero que trabajan los usuarios del Centro Ocupacional para Discapacitados (Codi). Bocado a bocado, van creciendo a lo largo y a lo ancho, ignorando lo que el destino les depara.
Le ha tocado a Sito Barros encargarse de estos huéspedes de la escuela taller. Desde que se quedó sin alumnos, este edificio se ha convertido en una suerte de almacén municipal en el que siempre hay alguien. Allí está la base del servicio de obras municipal, del que este trabajador forma parte. Así que no le importa lo más mínimo encargarse de los gorrinos, a los que hace dos visitas diarias. La primera por la mañana. La segunda, a última hora de la tarde, antes de cerrar la jornada laboral. «Tamén vimos a fin de semana, claro», señala. Y es que los animales tienen que comer antes de ser comidos.
En todo caso, no solo Sito acude a verlos con frecuencia. En Valga existe una suerte de consejo de sabios, un grupo de mayores que se ha volcado por completo en el programa que desarrolla el ayuntamiento para recuperar las tradiciones del mundo agrario. Esos sabios fueron los encargados de seleccionar a los cerdos que se iban a criar, y suelen hacer visitas frecuentes a los animales para comprobar que engordan según lo previsto. «Veñen de cando en vez para velos. Cando foi de compralos xa se xuntaron cinco ou seis persoas para ir miralos», relataba ayer Sito Barros. Entre ellos, un carnicero que sabe de la materia.
Los animales elegidos «comen de todo» y no dan más trabajo que el que lleva aparejado adecentar el cortello en el que habitan. Por los huecos que deja el cierre asoman sus hocicos, olisqueando el mundo que hay ahí fuera y en el que pierden todo el interés en cuanto escuchan el ruido del saco del que Sito saca su comida.
Poco recorrido les queda a los dos gorrinos sin nombre. Uno de ellos tendrá una muerte discreta: será sacrificado unos días antes de que en Valga se celebre la fiesta de la matanza, para que su carne y los productos de ella derivados puedan ser degustados por todos los que se sumen a esta tradicional celebración gallega. Al otro, la vida le durará unos cuantos días más. Morirá en público, con varios objetivos apuntándolo. La suya, eso sí, será una muerte rápida, indolora, y sin esos chillidos que antes inauguraban las jornadas de matanza.
Luego, las cosas se harán como siempre se han hecho, como marca la tradición: el animal será abierto en canal, se le retirarán las vísceras y se chamuscará su piel. De ello se encargará un grupo de hombres, mientras las vecinas más veteranas de la localidad se pondrán al frente de los fogones para preparar chicharrones, zorza, cocido, callos, morcillas, filloas y bolos de pote.
De todos esos productos darán buena cuenta los asistentes a este evento. Uno de los muchos con los que Valga quiere recuperar su patrimonio inmaterial, muy ligado al trabajo de la tierra -ahí están las fiestas orquestadas alrededor de la siembra, la siega y la malla- y a la crianza de animales. Las actividades, impulsadas por la concejalía que dirige Maricarmen Castiñeiras, son todo un éxito y se han convertido en un punto de encuentro entre los vecinos más jóvenes y los más talluditos; en un portal entre el pasado y el futuro de una localidad que se resiste a perder sus señas de identidad.
Algunos vecinos visitan a los animales para comprobar
que engordan