De cuantos políticos gallegos se han asomado a un cartel electoral en las últimas décadas, Bautista Álvarez fue quien mejor encarnó la imagen que debía de ofrecer un senador romano de la época clásica. Serio, con poco pelo que estorbe el rumiar de las ideas, rotundo en sus exposiciones y firme en sus ideas. El fundador de la UPG nunca llegó hasta la Cámara alta, pero sí ejerció como vicepresidente del Parlamento de Galicia entre 1997 y el 2001. La fisonomía que el cine, fuente principal en esta delicada materia, otorga a los padres de la patria romana se ajusta un poco menos a la de José Luis Rivera Mallo, que hasta hace un suspiro gastaba un tres cuartos de cuero negro de lo más audaz. Lo que no impidió que, a diferencia de Bautista, el político conservador sí accediese al Senado. En dos legislaturas diferentes, además.
Rivera, aupado al escaño por el pacto que diluyó a Ivil en el PP, acaba de dejar la poltrona. Será sustituido por José Crespo. Al de Cornazo le queda el consuelo de saberse mucho más votado en sus últimas elecciones (8.669 sufragios en Vilagarcía, el 43 % de los emitidos en el 2011 para el Senado) que cualquiera de sus tres compañeros de la gaviota recién escogidos (el de Lalín tuvo que conformarse el domingo con 6.225 cruces en la capital arousana, un 29 %) por Pontevedra.
A través de distintos derroteros, los de la representación autonómica que decide el Parlamento, se sentará en la Cámara alta otro político arousano que tampoco responde al perfil de un petrucio latino. Modesto Pose forjó su reputación en la provincia de Pontevedra, que llegó a conocer como la palma de su mano. Durante años, poco importó lo que se cocía en las urbes pontevedresas a la hora de controlar el puño y la rosa. Ya podía Vigo enhebrar la mejor de las estrategias, que aparecía Modesto con su gente de A Estrada, Meaño o Forcarei y se hacía con cualquier votación. Las cosas han cambiado. Vigo y Abel Caballero son para el socialismo galaico una nueva Atenas y su Pericles. La estrella de Pose se apagó cuando ni siquiera tomó posesión de su acta como concejal tras fracasar en el asalto a la alcaldía de Vilagarcía. Él mismo pareció asumirlo así. Y, pese a conservar una notable influencia en el PSdeG a través de Besteiro, se retiró por voluntad propia a un segundo plano. Hasta ahora. El salto confirma al Senado como aparcadero dorado para las élites de los aparatos políticos. Hace sangrar las cicatrices de los socialistas gallegos, como escenificó la votación del otro día en Santiago. Y consagra una imagen de intercambio de cromos que le ha costado al PSOE su condición de alternativa al PP en Galicia. «Va a subir la marea y se lo va a llevar todo», cantaba Robe Iniesta. Lo mismo lleva razón.