Una plaga de dimisiones amenaza Carnavales, pasiones de Semana Santa y festejos patronales
01 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.En los institutos y en las oficinas, cuando llega una profe joven o un administrativo con la oposición recién aprobada, se les convence para que organicen la excursión de fin de curso, la cena de Navidad y el amigo invisible a sabiendas de que dirán que sí por apuro, por candidez, por sentirse útiles. Y el novato se pone manos a la obra y descubre el infierno. Resulta que, en la excursión de fin de curso, antes que organizar horarios y explicar monumentos, ha de ejercer de vigilante de botellones, sereno de noche y pastora de almas inquietas e indisciplinadas. Y que nadie se tuerza un pie, se intoxique etílicamente o robe un bolígrafo de Mike Mouse en Eurodisney, lo pillen y acabe en la comisaría del parque temático, porque entonces caerá sobre la profe todo el peso de la ANPA, del equipo directivo y hasta de la ley. Una y no más, Santo Tomás, patrón de los enseñantes… La profe no volverá a participar en una excursión en su vida.
Y qué decir de la cena de Navidad organizada por el administrativo que acaba de tomar posesión de su primer destino: recorrer restaurantes pidiendo precios y menús, colocar carteles anunciando las opciones e invitando a votar, reservar en el restaurante creyendo que serán 33 y luego resulta que son 27, recoger el dinero de mesa en mesa, aguantar el chorreo del maître por haberse caído seis cubiertos y al día siguiente, en la oficina, soportar las críticas de foodies, veganos y veteranos. El novato, espantado, descubre la angustia del organizador y decide que una y no más, san Pascual y San Lorenzo, patrones de la gastronomía.
Un rasgo claro de madurez es no organizar nada y huir como de la peste de la preparación de cenas familiares, viajes con amigos, campeonatos de baloncesto 3x3. Y qué me dicen de ser directivo de club humilde, presidente de asociación de vecinos o, el colmo de la autoinmolación: miembro de la comisión de fiestas, de cualquier comisión de fiestas, eventos, carnavales, pasiones de Semana Santa.
Entre vergüenza y asco es lo que se siente cuando ves a media docena de vecinos desviviéndose para que la verbena de la parroquia sea un éxito, los músicos toquen las horas convenidas, cobren lo estipulado y no haya incidentes mientras, acodados en la barra y sosteniendo un cubata, los entendidos despotrican porque el sonido no es perfecto, la aldea vecina trae mejores orquestas, la verbena empezó con retraso, las cervezas cuestan diez céntimos más que el año pasado y los de la comisión solo quieren presumir, que los inviten a empanada y hasta quedarse con cuartos.
Si, además, Hacienda acecha, la burocracia ahoga, los precios se disparan, hay que tener seguros para todo y el ayuntamiento remolonea con las cabinas para el pis, los guardias para cortar el tráfico, los electricistas para facilitar las tomas de luz y sonido, etcétera, etcétera, entonces, organizar por solidaridad, gratis, dedicando horas y desviviéndote para recibir a cambio críticas e incomprensión se convierte en una tarea de heroínas, en un empeño de titanes.
El caso de la lotería de Villamanín, donde un grupo de jóvenes entusiastas, que llevaban la comisión de fiestas, han cometido un error con la lotería que va a marcarlos de por vida, es la punta del iceberg. Aunque fuera de Galicia, las comisiones de fiestas populares no son tan comunes como aquí. Antes de que se manejara tanto el concepto de sociedad civil, Galicia ya estaba estructurada cívicamente gracias a las comisiones populares existentes en cada barrio, parroquia y aldea. Eran agrupaciones respetadas y su labor no estaba asfixiada por el papeleo y el control burocrático.
Mientras en el resto de España son los ayuntamientos los encargados de organizar las fiestas desde el pregón inaugural hasta los fuegos artificiales de la clausura, en las 3.786 parroquias de Galicia —30.098 núcleos de población— funcionaba y funciona una tupida red espontánea de comisiones que vertebran socialmente el territorio a partir de actos comunitarios como las fiestas patronales o los carnavales. Pero desde hace un tiempo, se extiende por el país y, singularmente por O Salnés, una plaga de comisiones que dimiten y fiestas populares que corren peligro porque cada vez resulta más complicado sobrevivir a la incomprensión vecinal y resistir las complicaciones burocráticas.
Hace años que las fiestas de Vilagarcía son organizadas por el ayuntamiento tras toda la vida dependiendo de una comisión de festejos que, año tras año, resultaba polémica. Recientemente, ha habido algún problema con la organización del Carnaval en A Illa, felizmente solucionados, o con la Semana Santa de Paradela, cuyos organizadores estaban hartos de críticas e incomprensión.
Los ayuntamientos acuden prestos a apagar el fuego en cuanto notan hartazgo y agotamiento en los vecinos comprometidos con los eventos parroquiales. Saben la que se les viene encima si las comisiones dimiten y les cae el peso de los festejos. Pero las redes sociales acechan y lo que antes eran conversaciones de taberna que no salían del bar, hoy se propagan universalmente amparadas en el anonimato. Si ayer era fácil despotricar sosteniendo un cubata, pero la ocurrencia no pasaba de la barra, hoy, cada crítica se multiplica y magnifica. No hay comisión que resista un troleo masivo y nuestras fiestas populares corren peligro.