La vigesimoquinta edición de la toma adelantada de las uvas sirvió para recordar cómo era la ciudad en el año en que comenzó una de sus más famosas tradiciones
01 ene 2026 . Actualizado a las 18:10 h.Eran las once de la mañana y en cada rincón de Vilagarcía ya sonaba el runrún. Centenares de personas, como hormiguitas, dirigían su paso hacia el centro neurálgico de la ciudad y sede del Concello, la plaza de Ravella, para cumplir con su obligación localista y participar en una tradición que cumple 25 años y pone el nombre de la población en el mapa. Llegados desde Rubiáns, Sobrán, Guillán, A Torre, las Trabancas, A Golpelleira, Castrogudín, Sobradelo, Arealonga, carrilexos y vilaxoaneses y algunos que arribaron en tren desde otros puntos, porque si algo une a un vilagarciano del centro y uno de las parroquias, barrios y núcleos de los alrededores es que disfrutan como nadie de una buena fiesta, como la que se organiza cada 31 de diciembre al mediodía desde hace más de un cuarto de siglo.
Porque esta edición de la toma adelantada de las uvas de Vilagarcía fue la vigesimoquinta de la historia, hecho que se encargaron de recordar constantemente los conductores de la cita, Carlos Blanco y Erea Hierro —ambos vilagarcianos, por supuesto—, quienes subieron a la multitud a un ficticio DeLorean para recordar cómo era la capital arousana en el año 1998, primero en el que se descorchó el champán antes de tiempo, no en Ravella, sino en la plaza de Galicia —la ubicación actual se formuló en el año 2007—. Gobernaba un incombustible Javier Gago, los coches circulaban a sus anchas por una rúa Alcalde Rey Daviña que ya no se llama así, en O Cavadelo aún había un campo de fútbol y la ciudad carecía de auditorio. La música pinchada por Borjamina —que en el 1998 apenas levantaría un palmo del suelo— contribuyó a generar ese ambiente nostálgico que, sin embargo, no sonó añejo. Consecuencia, quizás, de que todo vuelve, también el pastilleo.
Los más duchos en el cálculo se habrán percatado a estas alturas de que las cuentas no salen y que el 1998 fue hace ya 27 años. Pero como también se encargan de recordarnos las crónicas y álbumes de la historia vilagarciana hubo dos ocasiones en las que la tradición se rompió. La primera, en el 2002, recién acontecido el desastre natural que supuso el Prestige. Ningún gallego tenía ánimos para celebrar nada. La segunda, en el 2020, por culpa de la pandemia mundial del coronavirus. Esas excepciones debieron saltarse en el carrusel de fotos emitido desde la gran pantalla colocada frente a la casa consistorial y que mostró estampas de la cita a lo largo de su ya no tan breve historia. Dos cosas dejaron claras: Vilagarcía parece haber hecho un pacto con la climatología, porque pocas ediciones fueron pasadas por agua —en la del 2025, a pesar del frío, brilló con ánimo el sol— y a sus vecinos les encanta brindar y catar uvas. De los 200 del primer año, a reunir millares.
Al filo de los cuartos se escuchó la voz ya quebrada —y eso que aún queda mucha fiesta— del alcalde Alberto Varela bramar «¡Feliz 2026, Vilagarcía!» y reivindicar que, aunque esto de adelantar las uvas se haga ahora en muchos sitios, «nós fomos os primeiros». Mientras el púlpito se preparaba con tino para comer las doce y no atragantarse, Carlos Blanco se encargó de recordales formular un deseo por cada una. Algunos, pedirían aprobar esas dichosas oposiciones. Otros, que Altri nunca manche las aguas de nuestra ría. Muchos, que se ponga fin a cualquier guerra o genocidio que asole el mundo, porque el 2025 demostró que la paz y la humanidad están en crisis, pero también que los arousanos no se ponen de perfil ante la injusticia y el derramamiento de sangre. La última campanada dio paso al confeti y la celebración solo se detuvo para encontrar a Iago, un pequeño de ocho años cuya madre extravió, y que rápidamente fue localizado con ayuda de la multitud. Ya hay anécdota para cuando la tradición cumpla 50.