Un vilaxoanés y su pareja acaban de abrir una empresa de cerería bautizada Alune y sus productos están volando de la caseta instalada en la calle Clara Campoamor
27 dic 2025 . Actualizado a las 05:05 h.Se hace complicado robarle un minuto de su tiempo a Juan Carlos Piñeiro. Los clientes se agolpan frente a su caseta en el mercadillo de Nadal vilagarciano, en la calle Clara Campoamor, la cual se encuentra envuelta en los aromas de sus velas artesanales desde que abrió sus puertas. Un éxito inesperado, ya que hace solo un mes que este vilaxoanés de 29 años se animó a dar el paso de montar, de la mano de su pareja, una empresa de nombre Alune, y que es la primera ocasión en la que venden sus productos: «En tres días superamos lo que preveíamos para tres semanas». De hecho, están desbordados. Mientras él atiende el puesto, ella fabrica las velas que venderán al día siguiente: «Tengo que avisar a los clientes de que las velas no están maduras todavía, pero es que si no, no tendríamos qué ofrecer ahora mismo», confiesa, ante un estante vacío tras las ventas del día.
La cuidada presentación del producto, en tazas y vasos decorados acorde a las fechas, hace de estos artículos un regalo ideal y la potencia aromática de las velas, que hace imposible a los transeúntes no detenerse ante la caseta, es inusual para una pareja novel de cereros. Juan Carlos apunta a la calidad de la materia prima con la que trabajan. Frente a la parafina, un derivado del petróleo, y los aromas a base de químicos que se suelen emplear en la industria, ellos prefieren usar cera de soja y aromas naturales: «Cuando se trabaja en grandes cantidades, la calidad de los insumos es lo primero en lo que se escatima». Sigue siendo sorprendente la potencia de sus fragancias teniendo en cuenta que llevan poco tiempo fabricando: «Al principio no nos olían nada, pero fuimos mejorando. Hay que tener cuidado con las mezclas de olores, con los porcentajes, para que el resultado no resulte demasiado fuerte», explica.
Comenzaron en un garaje
Juan Carlos demuestra en sus palabras un gran conocimiento: «A mí siempre me gustaron las velas y me vinieron bien para calmarme. Empecé a fabricarlas por eso y buscando un método con el que contrarrestar el mal olor del arenero de mis gatos. Las comenzamos a hacer en un garaje, al principio en un cazo, luego en una fuente y ahora ya se nos queda pequeño». Esperan que el éxito en el mercadillo les permita acortar plazos en su plan de negocio, el cual contempla precisamente abrir un local. «En Vilagarcía, a poder ser», sonríe el joven, mientras los enésimos paseantes del día frenan el paso ante su puesto y se les escapa el pensamiento: «¡Qué bien huele!».