En Vilagarcía somos expertos en tracas

Este año, sin Combate Naval, no sabremos cuándo acaba psicológicamente el verano


redacción / la voz

Los vilagarcianos de nacimiento y adopción estamos marcados por el Combate Naval. Es como si al llegar estos días de agosto, sintiéramos la necesidad de que el cielo se llenara de tracas valencianas y tracas chinas, candelas romanas, truenos, voladores, bengalas, bombetas, cohetes de clase VIII, fuentes, baterías y otros artificios pirotécnicos que un vilagarciano como dios manda distingue desde que es un niño.

En otras ciudades, se discute con mayor o menor conocimiento sobre si estuvo bien o mal un concierto, una feria de ganado o una carrera de piraguas. En Vilagarcía, somos especialistas en cohetes y escuchar los razonamientos de los «expertos» razonando por qué el Combate Naval del 98 fue mejor que el del 86 supone toda una lección de dialéctica.

Para las grandes empresas pirotécnicas, haber hecho el Combate de Vilagarcía es una muesca de prestigio en su currículum y cuando se presentan en Internet, presumen de haber realizado los festejos pirotécnicos de San Sebastián, de Gijón, de Bilbao, de Valladolid... y de Vilagarcía de Arousa.

Durante muchos años, las familias gallegas venían a Vilagarcía dos veces al año y por dos motivos: Fexdega y el Combate. Eran dos acontecimientos que marcaban porque para los niños eran momentos de aprendizaje, sorpresa e iniciación: en la Feria Exposición para el Desarrollo de Galicia descubrían los hornos de pan y sus padres les compraban golosinas y artilugios nunca vistos que los dejaban con la boca abierta y en el Combate Naval, abrían la boca con el primer estampido y no la cerraban hasta la última bomba. Las experiencias que te dejan boquiabierto marcan para toda la vida y por eso, Vilagarcía se convertía en memoria sentimental: las ciudades que se identifican con luz, color y manzanas caramelizadas nunca se olvidan.

Desaparecida Fexdega, el gran acontecimiento que atrae a Vilagarcía a miles de familias de 60 kilómetros a la redonda es el Combate. La Festa da Auga también concita multitudes, pero son jóvenes y adolescentes, tienen unas edades en las que la boca no se abre por asombro, sino para otros menesteres, y marca menos un macrobotellón pasado por agua que una atronadora traca china amarrado a la mano de tu padre y sin saber si llorar de pánico o reír de emoción.

Quienes lloran de verdad son los sufridores que tienen la desgracia de vivir en un piso con buenas vistas. La noche de fuego no deja de sonar el telefonillo de la puerta: son los invitados y auto invitados, que, al grito de: «¡Venimos al Combate!», «okupan» sin vergüenza el balcón del comedor, la terraza de la cocina y las ventanas con buena visión mientras los anfitriones sirven refrescos y frutos secos, pero no ven ni un cohete.

Al día siguiente del Combate, al encontrarse para tomar café, hacer la ronda de chiquitas y comer en familia, la pregunta era obligada: ¿Qué tal el combate? Es una pregunta trampa porque quien la formula ya tiene su propia teoría, pero deja que el cuñado se exprese primero para descubrir los puntos flacos de su razonamiento y atacarle por ahí. ¿Es mejor hacer el combate en un solo lugar como siempre o en tres como estaba previsto este año? ¿Hubiera habido más o menos gente? ¿Hubiera sido más o menos espectacular? ¿Hubiera merecido la pena tanto cohete aéreo? ¿Se preveían más o menos atascos? ¿Los incidentes, que siempre hay alguno, con Combate y sin él, fueron culpa de la gente, que es como es, o del ayuntamiento, que también es como es? Este año, a falta de espectáculo, debatiremos sobre la conveniencia, o no, de su prohibición y sobre la compatibilidad, o no, de los fuegos artificiales con la distancia social con mascarillas. ¡Pero no me digan que no es original discutir sobre combates navales! No conozco ningún lugar donde se debata sobre un tema tan específico y singular.

¿Y después del Combate Naval qué? Los expertos en Vilagarcía saben que comienza la mejor época del año. Tras la tempestad de bombas, llega la calma. Paulatinamente, se van marchando los turistas y los parientes, las colas en los supermercados y en las fruterías pierden densidad, la «merlusa da ría», un pescado quimérico en el que seguimos creyendo con fe inquebrantable, vuelve a tener un precio razonable y en las terrazas de A Baldosa siempre vas a encontrar un velador libre para tomar café.

El Combate Naval marca el final del verano. Da lo mismo que las semanas anteriores haya llovido y hayan entrado unas nieblas de agosto desesperantes y que las semanas posteriores luzca el sol y se disfrute de temperaturas verdaderamente veraniegas. No se trata del clima, se trata de la sensación. Se acaba el Combate, se acaba el verano y parece que sales a la calle y se respira de otra manera. Ya no tienes que pedir perdón si llueve y cuando nos encontramos con amistades y conocidos nos hacemos una pregunta-balance un poco surrealista: ¿Qué tal el verano? ¡Pero si todavía queda un mes para que se acabe!

Vilagarcía, en fin, tenía sus ritmos y sus pautas: el verano comenzaba con Fexdega y acababa con el Combate. Pero nos quitaron Fexdega, el cambio climático ha alargado los estíos, la pandemia nos ha dejado sin Combate Naval y navegamos sin rumbo, al pairo, casi a la deriva. ¡Es de traca!

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