Huevos de gaviota para los roscones de Ankarr

La película «Las isla de las mentiras» muestra la belleza de Sálvora y de la ría de Arousa


redacción / la voz

El 4 de enero de 1921, la portada de La Voz de Galicia era escalofriante. «Un horrible siniestro en la ría de Arosa. El vapor Santa Isabel naufragó cerca de la isla de Sálvora», rezaban los antetítulos y un gran titular con mayúsculas recogía la magnitud de la tragedia: «Más de 200 ahogados». Un siglo después, aquel naufragio se ha estrenado en Filmin y en las pantallas de cine. El largometraje se llama La isla de las mentiras, se rodó en Sálvora, San Vicente y O Grove en marzo de 2019, lo dirige la coruñesa Paula Cons, lo protagonizan Aitor Luna, Nerea Barros y Darío Grandinetti. Acabo de verlo y la emoción que me ha provocado la película me ha hecho evocar el viaje más bonito de mi vida.

La isla de las mentiras está rodada con poco presupuesto, pero la imaginación de su directora consigue que la escena más complicada, y cara si se hubiera rodado a lo grande, es decir, el hundimiento de lo que dio en llamarse el Titanic gallego, se solvente con imágenes sencillas de tres mujeres en una barca sintiendo la angustia que provocan los ruidos de un naufragio entre la niebla y el temporal. Antes y después del naufragio, la belleza de la isla suple cualquier gasto en decorado y el buen hacer de los actores nos envuelve en la esencia de aquella sociedad isleña semifeudal.

El pequeño muelle de Sálvora tuvo mucha importancia desde la antigüedad. En él se refugiaban los barcos que hacían la ruta del estaño transportando este mineral desde las islas Británicas hasta el Mediterráneo. Navegaban en régimen de cabotaje y si arreciaba el temporal, atracaban en Sálvora, donde no tenían que pagar las tasas que les exigían en los puertos de tierra firme.

El problema es que los bajos de Sálvora eran muy peligrosos y provocaron algunos naufragios sonados a lo largo de la historia. Uno de ellos fue este del Santa Isabel, un trasatlántico menor de 88 metros de eslora y capacidad para 460 pasajeros. Empezó a navegar en 1916 y a finales de diciembre de 1920 hizo su último viaje. Fue recogiendo emigrantes en los puertos de Bilbao, Santander y A Coruña. En Cádiz, embarcarían en el Reina Victoria Eugenia, que los llevaría hasta Buenos Aires y Montevideo.

El 1 de enero, poco después del mediodía, partió del puerto coruñés con destino al de Vilagarcía. Ya de noche, un temporal impidió a su capitán orientarse por las luces de los faros de Corrubedo y Ons y acabó chocando a babor contra las rocas mientras rodeaba la isla de Sálvora para entrar en la ría de Arousa. El boquete que se abrió en el casco fue enorme y el buque se hundió rápidamente. Se ahogaron 213 de los 269 personas registradas a bordo (84 tripulantes y 185 emigrantes) y se salvaron 29 pasajeros y 27 tripulantes, que fueron recogidos en dos pequeñas embarcaciones que salieron desde la isla. En una de ellas iban las que fueron consideradas las heroínas de Sálvora: María, Josefa y Cipriana, tres muchachas de 14, 16 y 24 años que salvaron a una veintena de náufragos.

La película cuenta el salvamento y las conjeturas que ensombrecieron aquel episodio. Sin tiempo para recuperarse de la tragedia, que cuenta muy bien la película, un año después volvió a vivirse en Sálvora otro triste episodio y también lo protagonizó un barco que venía a Vilagarcía, el Cataluña, mercante construido en los astilleros ingleses de Blyth Northumberland en 1880 que, tras pertenecer a navieros catalanes y marselleses, formaba parte de la flota de la Transmediterránea. Realizó la exótica ruta de Malta, Trípoli y Alejandretta, inquietante ciudad que aparece en alguna película de Indiana Jones, transportó carbón desde Inglaterra para aprovisionar a la Armada francesa durante la Gran Guerra del 14 y el 17 de noviembre de 1922, un día de niebla densa y mar espeso, dirigiéndose al puerto de Vilagarcía con un cargamento de maderas nobles y telas preciosas, embarrancó en Sálvora, hundiéndose enseguida y llevándose consigo al único marinero que quedaba a bordo, un mallorquín que trabajaba de pañolero.

Disfruté del misterio de Sálvora, de sus leyendas y de su belleza un día de primavera de mediados de los 90. Desde Vilagarcía partía una vez por semana un barco de la Autoridad Portuaria que llevaba suministros al farero de aquella isla. Celso Callón, a la sazón Presidente de la Junta del Puerto, me invitó a hacer ese viaje y me llamaron la atención varias cosas que no he olvidado: la blancura de la arena de las playas y la transparencia del agua; unas gaviotas menudas y blancas con cuyos huevos de color caqui, yema alba y clara casi amarilla hacían en la pastelería Ankarr los mejores roscones de Reyes; el farero, que tenía una hija llamada Isla y había convertido el faro en una vivienda de cuento; y el poblado de piedra, del que se habían marchado deprisa y corriendo los colonos 20 años atrás, dejándolo todo como estaba: los potes al fuego, las camas deshechas y los platos sobre la mesa. Así seguían cuando visité aquellas casas humildes. No he vuelto a hacer ningún viaje tan bonito y ahora, emocionándome con La isla de las mentiras, lo he revivido con intensidad.

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