Historia comarcal de la gaseosa

En 1968, las 14 fábricas de gaseosa de O Salnés se juntaron y nació A Nosa


redacción / la voz

En los años 60, entre Pontecesures y Sanxenxo funcionaban 14 fábricas de gaseosa. En ese tiempo, España era un mapa de gaseosas. Si a las cervezas les gusta adoptar nombres siderales y se llaman Estrella Galicia, Estrella Damm o Estrella Levante y a los vinos les gustan los apelativos aristocráticos: Marqués de Cáceres, Marqués de Riscal o Marqués de Murrieta, las gaseosas, más humildes, han optado desde siempre por nombres ingenuos que provocan melancolía y nos recuerdan anécdotas con gas.

En cierta ocasión, uno de Ciudad Real llegó a Madrid, entró en un bar y pidió una Higiénica. El camarero le respondió que las compresas las vendían en la droguería de la esquina y el buen manchego se quedó helado, pero no por la broma, sino porque creía que La Higiénica, es decir, la gaseosa de su pueblo, era un refresco universal. En los 60, cada pueblo tenía su gaseosa de nombre entrañable: La Esperanza era la gaseosa de la Sierra de Gata y Zar era la que se bebía en Ourense, en Béjar estaba La Revoltosa y en Ciudad Rodrigo La Angélica. La gaseosa de Navalmoral de la Mata se llamaba La Exquisita y en Ciudad Real, además de La Higiénica, estaban Dulcinea y La Minerva. Madrileña era La Cenicienta y en el pueblo fronterizo de Valencia de Alcántara estaban la popular La Antoñita y la solemne La Verdadera Familia. A finales de los 90, aún se podía beber en Rianxo La Pitusa y si ibas por Cotobade, te servían El Primor.

¿Y qué se bebía en A Illa, Vilanova o Vilagarcía? Pues nada más y nada menos que la inigualable gaseosa Koso, cuyo nombre era tan rompedor como el empresario que lo inventó. Y en este punto retomamos la historia de la familia González Rollán que comenzamos el domingo pasado. En 1964, Manuel González Rollán creó una empresa de gaseosas y refrescos en Vilagarcía de Arousa. No sabía que nombre ponerle y Keno Álvarez y José Antonio Barca, a la sazón dueño del café Central, razonaron que si los clientes entraban en los bares y le decían al camarero: «Ponme un coso», ¿qué mejor nombre había para una gaseosa? Manolo González Rollán entendió rápidamente la fuerza de aquel sustantivo tan genérico, aunque se adelantó 40 años a la moda de la ka revolucionaria y llamó a sus refrescos Koso.

Esto tuvo tres consecuencias: una, que las gaseosas de Manolo se hicieron tan populares que hace nada, quedaban clientes en A Illa y Bamio que entraban en los bares y pedían un refresco al estilo sesentero: «Ponme un vaso de Koso». La segunda consecuencia es que la poderosa casa vasca de bebidas KAS, hoy propiedad de Pepsico, quisieron impugnar el Koso vilagarciano, pero Manuel se adelantó a Luis Knörr Elorza, fundador de la empresa alavesa, registrando su marca Koso hasta en Vietnam y se acabó el problema. La tercera consecuencia, en fin, es que, aunque su gaseosa desapareció, la marca perduró convirtiéndose en el apodo con el que se conoce a Manuel González Rollán en media provincia: Manolo Koso.

En lugar de encerrarse en su gaseosa, Manolo vio claro que la competencia era fuerte y que o peleaban las 14 fábricas de gaseosa de la comarca unidas o La Casera se las merendaba. Dicho y hecho: en 1968, Manuel González Rollán y Gustavo Adolfo Puceiro Llovo impulsaron la unión de las 14 fábricas de O Salnés en una sola: Carbónica Arousana. Y así nació gaseosa A Nosa, cuya planta de envasado fue la primera que se instaló en el polígono de Bamio. Curiosamente, el agua mineral de Bamio fue también comercializada por Manolo con el nombre de Agua San Ginés.

Manolo fue el último centrista de Vilagarcía de Arousa y pagaba religiosamente su recibo al CDS de Adolfo Suárez cuando este partido era la resistencia, el centrismo moral, una posición política imposible muy propia de este hombre entrañable que vive desde 1960 en su casa del Camiño da Escardia, desde donde sigue a distancia, pero sin perderse ni un detalle, la vida social y política vilagarciana, que protagonizó en tiempos, cuando sus agarradas con Pablo Vioque en la Cámara de Comercio eran gloriosas y cuando lideraba movimientos como el famoso Pacto del Cocido que trató de reconducir el Liceo Marítimo.

Pero no podemos contar la historia de los González Rollán sin referirnos de nuevo a otro hermano, Severino González Rollán, al que sus vecinas de Lugo, cuando tenía dos años, le cantaban el chotis de moda: «Pichi, es el chulo que castiga». Lo de Pichi degeneró en Chuchi y hasta ahora. Si Manolo trabajó en el Banco de Bilbao, Severino fue interventor del Banco Pastor, donde entró en 1967, cuando los dos grandes bancos gallegos, el de Olimpio Pérez y el de Pedro Barrié de la Maza rompieron el pacto de no instalarse donde ya hubiera una sucursal del otro. Primero lo rompió don Olimpio, que se instaló en Muros, donde ya estaba el Pastor, y luego lo rompió don Pedro, que se enfadó y abrió sucursal del Pastor en Vilagarcía, donde ya estaba don Olimpio. Don Pedro contrató a Chuchi y de esta manera los González Rollán y los Barrié de la Maza unieron sus historias. Eso sí, cada uno en su sitio.

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