«Eu escollín o mar; sinto que son máis libre»

El vilaxoanés José Durán es heredero de una familia de marineros, y la tradición seguirá con sus hijos; «para mín é un orgullo»

«E quen podía saber isto? Xa tiñamos todo previsto para saír, o barco listo, e saímos». José Durán, Jobó, es el patrón del Pelonio Tres, un barco de Vilaxoán que el pasado viernes dejó el abrigo de este puerto arousano para participar, por vez primera, en la campaña del verdel. La crisis sanitaria no hizo parar sus máquinas ni torció sus planes. A fin de cuentas, a bordo del barco, rodeados por las aguas del Cantábrico, él, su hijo y sus tres tripulantes se sienten durante unas horas como en una isla. Como en una burbuja en el tiempo y en el espacio en la que el coronavirus parece el nombre de un villano de película.

 Todo cambia cuando llegan a Avilés, el puerto que han adoptado como base de operaciones mientras dura la campaña. En el muelle en el que descargan sus capturas hay mascarillas, guantes, distancias de seguridad. Luego toca encerrarse. «Non quedamos no barco. Se tivera vinte anos, igual quedaba, pero xa non os teño. En terra podes ducharte, asearte, tes outras comodidades», dice con humor. Así que su hogar durante la costera es un piso que han alquilado por mil euros en una ciudad «que está valeira con esto do confinamento».

 Encierro en Avilés

Cada tarde, al llegar a tierra, toca encerrarse. Solo Jobó sale a hacer las compras mas urgentes, que no son muchas. «Provisións xa trouxemos nós bastantes. E o pan encargámosllo nada máis chegar a unha panadería dunha muller que é galega». En sus cortos recorridos algo ha podido intuir de Avilés. «É unha cidade industrial, pero bastante bonita», dice. Y le sorprende ese extraño ritual que se repite todos los días, a las ocho de la tarde, en todos los rincones del país: la gente sale a aplaudir a las ventanas y balcones, «e os coches da policía e doutro servicios» hacen sonar las sirenas.

Volvamos al mar, con José, para olvidarnos un instante de este confinamiento que salvará vidas. Nos cuenta el marinero vilaxoanés, con un tono animoso que trae un soplo de brisa marina a la cuarentena, que esta extraña campaña tiene algo de viaje iniciático para él. Aunque lleva cuarenta años en el mar, este marinero arousano nunca había participado en la costera del verdel. «Eu empecei a ir ao mar no ano 1979 e en todo este tempo andiven un pouco a todo». Pero siempre en pesca artesanal, siempre cerca de casa, capturando choco, centollo, calamar... «Dependendo da época vaise a unha cousa ou a outra», resume.

Pero en los últimos años le picaba la curiosidad por saber cómo se navegaba en el Cantábrico. Y como su hijo menor ya había ido tres veces a hacer esa campaña, este año decidió que era hora de que el Pelonio 3 se sumase a la flota que cada año sale de la ría de Arousa. Allá se fueron.

De momento no se le está dando mal. «Hai barcos que pescan un pouco máis, outros que pescan un pouco menos. Pero penso que todos estamos gañando ben a peseta», comenta este lobo de mar, que no ha perdido la curiosidad ni el entusiasmo pese a su larga trayectoria a bordo. Que haya logrado mantener intacto ese espíritu energético y vibrante tiene una explicación bien sencilla. «A min encántame o mar».

El mar es traicionero, pero «todos o sabemos, non é unha sorpresa» Lo conoce desde pequeño, porque nació en una familia de marineros. No es nada raro en Vilaxoán, una villa que ha tomado su carácter de la ría, que ha nutrido las mesas de sus vecinos del pescado que caía en las redes de sus barcos. A José, sus padres le ofrecieron la opción de intentar una vida en tierra, alejado de los vaivenes de las mareas. Pero él no quiso ni oir hablar de ello. «Escollín o mar. Sinto que son máis libre, que son dono e señor do meu corpo, do meu tempo, do meu traballo». Trabajar en medio de una enorme extensión de agua, codo a codo con el viento y las olas, tiene un aquel adictivo que reconocen todos los que le han consagrado la vida a la pesca. ¿Que es un medio traicionero? Pues sí, claro. «Pero todos o sabemos, non é unha sorpresa», replica José, que reivindica su oficio con el fervor del enamorado.

Y no es un fervor impostado. Se nota, se percibe, cuando José habla de sus hijos, que también han elegido el océano como centro de trabajo. «Para min, que eles sigan no mar é un orgullo, un orgullo moi grande», sentencia Jobó, que comparte el barco y el timón de mando con su hijo David. Y hasta parece que lo vemos sonreír al otro lado del teléfono, en esa Avilés vacía y silenciosa en la que pasará un fin de semana lejos de casa. Y no será el único. «Imos pasar aquí case toda a cuarentena», dice José, que reconoce que el teléfono y las nuevas tecnologías tienen la ventaja de que le permiten mantener el contacto con casa. Normalmente, ese contacto sirve para tranquilizar a quienes se han quedado en tierra. Pero esta vez, los mensajes de ánimo viajan en dos direcciones.

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