El chiringuito de los Lamelas

El bar más bonito de A Lanzada es hoy una arrocería «caribeña» con espíritu de «resort»


redacción / la voz

Nunca he cazado. Tampoco he pescado. Pero una noche fui a coger navajas y no lo olvidaré mientras viva. Sucedió a finales de los 80 en la playa de A Lanzada. Era a principios de septiembre, la mejor época del año para estar en O Salnés, y había marea viva. A eso de las once de la noche, con la bajamar, descendimos a la playa, nos metimos en el agua, justo donde las olas morían, y Elías Lamelas y sus hermanos me enseñaron a coger navajas a mano. Tanteábamos la arena hasta encontrar un agujero, metíamos dos dedos hasta sentir la concha de la navaja, la agarrábamos, tirábamos de ella, la sacábamos y la echábamos a una cesta.

Había luna llena y la noche era preciosa. Cada navaja que conseguía me proporcionaba una satisfacción que supongo estaba inscrita en mis genes y en los de cualquier ser humano, cazador y pescador desde hace milenios, con una especial predisposición para conseguir el sustento recolectando, cazando, pescando... Cogiendo navajas.

A medianoche, con la cesta llena de bivalvos, dejamos la playa y nos dispusimos a cenar las navajas. Aquella parte de la playa de A Lanzada era especial y lo sigue siendo. Es la que queda más cerca de San Vicente, una cala amplia a la que solo se accede con marea baja. Tiene una arena muy clara, parece blanca, y su belleza y pureza es tal que en ella se grabó un anuncio de atún claro Calvo, uno de aquellos famosos spots que protagonizaba Jesús Puente, que aparecía en televisión sentado en un silla, ante un velador lleno de latas de atún y rodeado por aquel arenal inmaculado donde Elías Lamelas me enseñó a coger navajas.

En realidad, Elías Lamelas me enseñó muchas cosas. Con él aprendí prudencia, aprendí ironía, aprendí escepticismo y asistí a uno de los momentos fundamentales en su vida. Fue una tarde, tras un pleno en la Diputación. Elías era concejal del PSOE en O Grove, diputado provincial y líder de la oposición a Mariano Rajoy. Tras un debate apasionado en el que Rajoy ganó a los puntos por sus conocimientos de leyes, Lamelas confesó que iba a estudiar Derecho: no volvería a perder un debate por no dominar los temas legales. Y aquel profesor de Lengua y Literatura española, mi compañero de departamento en el Bouza Brey, se convirtió en un gran abogado con despacho en la calle Montero Ríos de Santiago y en cónsul oficial de Filipinas en Galicia. Pero antes de todo eso, me enseñó a coger navajas.

No he vuelto a mariscar

Después de aquella noche en A Lanzada, no he vuelto a pescar, ni a cazar, ni a mariscar. Como mucho, he cogido algunas fresas en la huerta de mi padre. Pero nada me ha sabido tan rico como aquellas navajas a la plancha. Nos las comimos justo encima de la playa, en un complejo hostelero sencillo y humilde, pero precioso, que tenía la familia Lamelas frente al mar. En el bajo estaba el restaurante, bajo una parra frondosa. Allí las preparamos y las disfrutamos con unas botellas de albariño de cosecha, sin etiqueta. Mientras comíamos el marisco recién sacado del mar, cantábamos canciones como el Miudiño, ahora tan de moda en el baloncesto, la Rianxeira, ahora tan de moda en el fútbol, una tonada que hablaba de un rodaballo de Marín y Negra Sombra a capela y con lágrimas en los ojos provocadas a medias por el sabor a mar de las navajas, el sabor a tierra del albariño, el sabor a nostalgia de la canción y el sabor a plenitud de las olas murmurando cadenciosas al romper en A Lanzada.

Aquel rincón de los Lamelas era el bar más bonito del mundo, donde he pasado los mejores días veraniegos de mi existencia. Y digo días porque nos íbamos, toda la familia, a eso de las diez de la mañana y regresábamos de madrugada, cuando se habían acabado las caravanas de coches. Por allí aparecían vicepresidentes de la Xunta con sus namoradas, el alcalde Velo Velo con sus proyectos, controladores aéreos, poetas, prosistas, pescadores, cantantes, concejales de aquí y de allá y todos eran recibidos por Elías y su familia. Las tertulias duraban horas y las risas y las anécdotas se sucedían de la mañana a la noche. Cuando la marea bajaba, nos bañábamos. Cuando subía, comíamos, bebíamos, charlábamos, leíamos periódicos y jugábamos al billar. Así desde marzo, si la primavera venía soleada y tibia, hasta octubre, si el verano se alargaba un poco y le robaba humedad al otoño.

Por si la melancolía me derrota

Han pasado los años y las cosas han cambiado. Elías Lamelas ya no está. Hoy, coger navajas libremente supongo que será delito. Y aquel rincón con una parra frondosa se ha convertido en un chiringuito muy moderno llamado Arrocería A Lanzada & Sunset. Hace un par de viernes, su dueño, Sebastián Rivas, contaba en el suplemento YES de La Voz que habían querido crear un pequeño Caribe en A Lanzada y que el local se pareciese a un resort. Parece ser que lo han conseguido y que el lugar es una maravilla. Pero para mí siempre será el bar de los Lamelas y no he vuelto a acercarme por allí por si me derrotaba la melancolía.

En esa playa, emergente con marea baja, rodaba Jesús Puente sus «spots» de atún

Por allí aparecían vicepresidentes con sus «namoradas» y el alcalde Velo Velo con sus proyectos

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