El exquisito equilibrio del mejillón

En Galicia hay tres mil bateas que producen unas 300.000 toneladas de un bivalvo del que viven muchas familias arousanas; acompañamos a una de ellas en un día de faena

El exquisito equilibrio del mejillón En Galicia hay tres mil bateas que producen unas 300.000 toneladas de un bivalvo del que viven muchas familias arousanas. Acompañamos a una de ellas en un día de faena

vilagarcía / la voz

Son las seis de la mañana. En el cielo, agrisado ya por las primeras luces, el sol parece querer asomarse entre las nubes para ver la ría de Arousa. La estampa tiene la fuerza suficiente como para resucitar a un muerto. La belleza necesaria para cortar el aliento, a lo Stendhal. «Ver amencer no mar é marabilloso. Nunca te cansas de velo». Con la vista fija en el horizonte, Ramón Otero guía su barco, el Lerio, hacia la batea del polígono Cambados A en la que toca trabajar. Viajamos con este bateeiro de A Illa y con su familia. Y es que el mejillón es un producto que se trabaja así, entre los de casa. En el barco, preparándose para la faena, están el hermano de Ramón, Jesús, y el hijo de este, que ha heredado el nombre de su padre. También está Teresa, la esposa del hombre que va al timón. Nos sorprende su presencia a bordo. «Pois hai moitas mulleres neste sector», dice ella, corrigiendo la sorpresa. «É un dos traballos do mar no que dende sempre houbo máis mulleres». Quizás no se las vea porque son pocas las que se deciden a ocupar cargos de responsabilidad en las organizaciones en las que se aglutinan los bateeiros. «Se houbera máis aos mandos, mellor nos iría, seguro», afirman nuestros compañeros de viaje.

Toda la familia se mueve de forma coordinada por el barco. En cuanto el barco atraca junto a la batea, Teresa y Jesús hijo saltan sobre la rejilla de madera que le da forma y se mueven sobre las vigas con la tranquilidad de quien sabe balancear el cuerpo al ritmo del mar. Hoy toca sacar 4.000 kilos de mejillón para su venta en fresco. La operación se va a desarrollar con precisión de cirujano, en la cubierta de un barco que tiene el don de convertirse en una pequeña factoría. Hace años, recuerda la tripulación del Lerio, la mayoría del trabajo se hacía a mano. Ahora, afortunadamente, hay máquinas que simplifican el proceso y acortan los tiempos que tarda el mejillón de pasar de las cuerdas de la batea a los sacos que, perfectamente ordenados en unos palés, serán depositados en el puerto.

«Este é un sector que pouco a pouco vai desenvolvendo a tecnoloxía que precisa». Y ahora, también, aplicaciones e ingenios tecnológicos que permiten registrar los trabajos y los días sin necesidad de las viejas libretas de antaño. Esa es una de las caras ocultas del mejillón gallego, dice Ramón. Hay otras que pasan desapercibidas para el gran público, como que este sector, al que siempre se le afea su atomización, «deixa toda a riqueza que xera no entorno inmediato», convirtiéndolo en un elemento estratégico de la economía de la Galicia costera.

Comienza a caer una lluvia menuda. La tripulación del Lerio ni se inmuta. Prefieren, dicen, trabajar con lluvia que bajo un sol intenso. Sufren menos ellos y, también, el mejillón. Además, «esta chuvia é a que fai a nosa paisaxe, o que somos». En la conversación, calada hasta los huesos, aparece la denominación de origen del Mexillón de Galicia. El primer sello de esas características concedido a un producto del mar. «Marcou un antes e un despois. Deulle un nome ao noso produto e garántelle ao consumidor varias cousas. A primeira, a orixe. A segunda, uns estándares de calidade. E por riba, que o valor engadido que xera o procesado do mexillón quede aquí, nesta zona», resume Ramón.

La batea, y con ella el barco, van girando con la marea. Estamos en la zona bautizada como A Travesa, porque por ahí era por donde cruzaba la motora que unía A Illa y Vilanova cuando no había puente. Ahora, este espacio es conocido por dar unas excelentes nécoras. Y, por lo que vemos, unos mejillones de tamaño extra grande. En este caso, parte del éxito es de sus cultivadores, que se empeñan en «crear as mellores condicións para que este produto medre. É o único que temos que facer, porque nin os alimentamos nin lle temos que dar antibióticos». Así están de buenos y sabrosos. «Eu comeríaos sempre», dice Jesús. De hecho los tiene en su menú del día: mejillones a lo belga.

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