Una estrella pop letona, en Raxó por amor

Vita Ivaskevica dejó su carrera y su vida cuando era número 1 en ventas en su país para mudarse a Poio


pontevedra / la voz

Tras dos años grabando su disco por fin salió a la venta. En cuestión de meses su primer sencillo, Highway, llegó al número de todas las listas de ventas del país. Del suyo, Letonia. Vita Ivaskevica no podía creer que, por fin, tanto esfuerzo personal, profesional y económico estuviera dando sus frutos y la música le estuviera recompensando toda la ilusión depositada. Su canción sonaba en las principales emisoras de radio, su videoclip se pasaba por las cadenas de televisión son espacios musicales y el éxito empezaba, claramente, a sonreírle. Solo había una cosa que no encajaba en el cuadro: se había enamorado irremediablemente y hasta las trancas de un gallego. De Raxó, para más señas.

Todo había comenzado unos tres años antes. Aunque estudió Teología y Ciencias de la Religión en la capital letona, Riga, Vita siempre sintió inclinación por el periodismo. De adolescente en su provincia natal, Jelgava, colaboró en periódicos y radios locales. Le gustaba la poesía y la literatura, y escribir en un medio comunicación hubo un salto casi involuntario e imperceptible.

Así que terminó trabajando en el departamento de Relaciones Internacionales en un pequeño ayuntamiento de Letonia llamado Jaunsvirlauka. Como jefa de la sección, estaba constantemente viajando para participar en programas de voluntariado juvenil con el fin de coger ideas que más tarde pudiera aplicar en el municipio en el que vivía. Fue en una de estas experiencias, en Tbilisi, Georgia, donde conoció a una pontevedresa. Pronto hicieron buenas migas y siguieron en contacto un par de años. Los suficientes para que Vita tuviera que regresar a España, esta vez a Santander, para asistir a un curso de formación para coordinadores de lo que entonces se llamaba Youth in Action, y ahora Erasmus+. Cuando su amiga pontevedresa se enteró, la invito a pasar unos días en la ciudad del Lérez. Coincidía que un tercer vértice del triángulo, Rubén Couso, estaba de viaje por trabajo y podría recogerla en Asturias para llevarla a Pontevedra.

Sin pensárselo mucho, accedió y tras un cansado viaje, al día siguiente le enseñaron La Boa Vila y le presentaron a sus amigos. Tino apareció con el «sol medio rojo del atardecer», recuerda, «y además se parecía a mi actor favorito, Eduard Norton. No podía ser», bromea. Si no fuera por sus ojos azules, su pelo rojo y su acento marcadamente extranjero, se podría pensar que Vita ha estudiado en cualquiera de las universidades gallegas. Domina el lenguaje casi a la perfección, y utiliza expresiones cultas y complejas. Son las de quien está acostumbrado a hablar con propiedad en un idioma; de hecho, en cualquiera de los cuatro que habla con fluidez: letón, inglés, español y ruso.

Pero entonces no conocía la lengua de Cervantes: «Aprendí mi casi primera en palabra en español, hola, y con ella conocía a mi futuro marido». Él, por su parte, aportó un «I love rock» que no contribuía a mejorar la comunicación. Vita dice que no cree en el amor a primera vista, pero sí en la atracción, en la química que logró que cayeran rendidos el uno ante los encantos del otro en apenas dos días y medio. «Eran como cables invisibles», matiza. Sabe que fue un flechazo, pero que se enamoró de él más tarde. Como venía de una mala experiencia con otra relación a distancia, se puso una fecha límite: si en dos meses no volvían a verse, tocaba hacer borrón y cuenta nueva. Pero Tino no le dio ese gusto, y se plantó en Letonia antes de que venciera el plazo. Allí pasó cinco o seis días, y después pidió un erasmus en Lituania. Él fue tomando clases de inglés, ella fue aprendiendo español poco a poco por su cuenta, y en diez meses estaban casados.

Fue cuando a Vita le llegó su éxito profesional con Iva. Pero con las ideas tan claras no pudo más que cancelar gira y promoción y coger su caja de discos para traérselos a Galicia. Y fue así como aterrizó, sin saber bien lo que le esperaba, en el «pintoresco y romántico pueblo de Raxó». Vita domina la ironía y la dulzura. Es inteligente y valiente. Firme y sincera. Y, al mismo tiempo, su educación y amabilidad dulcifican sus rasgos nórdicos. Y sonríe mucho. Y habla sin miedo, y aprende sin miedo y se equivoca sin miedo. Y, sobre todo, canta sin miedo.

La música ha sido su nexo con el resto de su vida durante los ocho años que lleva viviendo en Galicia. Ahora se han mudado en Pontevedra, pero sigue siendo difícil olvidar todo lo que has aprendido durante décadas para reciclarse, en este caso como profesora de inglés. Por eso tan pronto se asentó en la costa atlántica comenzó a colaborar con diferentes bandas y músicos de todos los estilos. Formó A Dolce Vita, entre otros proyectos, y siguió protagonizando la suya propia. No se arrepiente de la decisión que ha tomado, y a Tino y a ella se le siguen notando esos cables invisibles. Solo que ahora entienden lo que transmiten por ellos.

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