Una comerciante con galones y de armas tomar

La pionera en la venta de complementos militares en Pontevedra se jubila y el negocio baja el telón


pontevedra / La Voz

Mientras media humanidad temía las posibles consecuencias de lo que se vino en llamar el error del milenio, una pontevedresa arrancaba su sueño. Corría el año 2000 y Rosa Sabajanes Fernández abría Rango, la primera tienda de complementos militares de Pontevedra. Asegura que, por aquel entonces, no tenían la conciencia de ser pioneros en un nuevo nicho de mercado, sino que pusieron en marcha la tienda como algo natural. «No pensé que pudiera tener repercusión por ser la primera y única tienda de Pontevedra».

De hecho, considera que lo suyo siguió una evolución lógica. Su marido, militar de carrera, disfrutaba por entonces de lo que en la vida civil es una jubilación anticipada y lo hacia siendo consciente de que los soldados de la Brilat tenían necesidad de una serie de complementos y mercancías. En un primer momento, el comandante Míguez gestionó un pequeño espacio en el propio acuartelamiento de Figueirido y, al cabo de un tiempo, el matrimonio decidió trasladar la idea al centro de Pontevedra. Y Rosa Sabajanes tomó las riendas.

Hoy, diecisiete años después de haber iniciado esta aventura, la pontevedresa está a punto de jubilarse. Lo cierto es que, contando ya los días que le faltan para echar el cierre -aún no sabe la fecha concreta, pero tiene claro que será en marzo-, destaca que siempre gozó de la comprensión de los vecinos. De hecho, los únicos incidentes que recuerda si es que se pueden llamar así, fueron cosas nimias relacionadas con la presencia de la enseña nacional en el escaparate del negocio. «Pusieron, a lo mejor, una pegatina en la puerta diciendo eso o aquello y, sin embargo, tenemos el mismo número de banderas gallegas que españolas», remarca riendo.

En estos más de tres lustros, esta pontevedresa ha sido testigo de primera mano de cómo han evolucionando las Fuerzas Armadas y cómo la crisis económica fue modificando el perfil de los integrantes de la Brilat. Echando la vista atrás, señala cómo, «al principio, entraban más soldados sudamericanos que españoles, pero eso ya cambió. Ahora es al revés».

Subraya que la experiencia militar de su marido hizo que el trabajo fuese más sencillo. A fin de cuentas, en un negocio como el suyo tienen que estar al día en cuestiones que van desde los distintos tipos de condecoraciones y divisas o los diferentes reglamentos hasta los cambios que pueden producirse en el uniforme de los soldados. En este punto, alude ya no solo a parches que han quedado en desuso y, por tanto, ya no tienen salida comercial, sino también a cuando a alguien en el Ejército de Tierra se le ocurrió sustituir el verde boscoso por tonos áridos. «Fue algo que no duró nada», incide, al tiempo que muestra distintos útiles que utilizan este último camuflaje y que, claro está, carecen de utilidad para los militares profesionales. «Nadie los va a utilizar ya más», lamenta al respecto.

Es por ello que no deja pasar la ocasión de insistir en que un negocio tan específico como de Rango nunca va a hacer rico a nadie. No obstante, recalca que «fue una experiencia bonita» y que le permitió, entre otras cosas, contratar a su hija, que padece una discapacidad.

Allá por el 2000, el matrimonio tenía claro allá que si fracasaban «qué se puede perder... lo que invertimos. Cierras y punto». Con este pragmatismo por montera, su negocio echó a andar y no pasó mucho tiempo hasta que se convirtió en una suerte de referente del noroeste peninsular. Pronto les llegaron los encargos de otras provincias y comunidades autónomas, y sus envíos de material y complementos comenzaron a salir hacia Asturias, el País Vasco o diferentes localidades castellanoleonesas, caso de Burgos o León. En alguna ocasión, tuvieron que atender pedidos de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla o, incluso, de Canarias, si bien Rosa reconoce que el papeleo para remitir un paquete de estas características a las islas afortunadas no merece la pena.

La biografía de esta pontevedresa arranca en A Canicouva, la parroquia que la vio nacer y a la que estuvo vinculada hasta que conoció a su marido, oriundo de O Rañadoiro, en la vecina Ponte Sampaio. La suya fue la vida prototípica de un matrimonio vinculado a las Fuerzas Armadas, lo que les llevó por distintos puntos del territorio nacional a medida que el comandante Míguez iba siendo destinado a distintas unidades del Ejército de Tierra. «La vida de los militares es así. Estuvimos en muchos sitios hasta que vino destinado aquí. En Pontevedra compramos un piso y A Canicouva ya no está tan lejos».

¿Y el futuro? «Tenemos una finca. No es lo mismo que una persona que vive en un piso y no tiene nada más. Tenemos una finca en la aldea y tenemos gallinas, perros... Entonces nos dedicaremos a ellos y a cuidar de la finca».

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