Reválidas inválidas

Jesús Merino

AROUSA

23 abr 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Pido disculpas de antemano. Voy a comenzar con una anécdota familiar. El primer coche que hubo en mi casa llegó cuando mis padres andaban por la cuarentena, así que, ya talludos, se enfrentaron al aprendizaje de esa nueva y fascinante actividad que era la conducción. Mi padre no aprobó a la primera, mientras que mi madre sí lo hizo; sin embargo, mi buena madre jamás condujo más allá de ir de casa a la escuela y viceversa, y siempre transmitiendo una sensación de gran inseguridad. ¿Qué quiero decir con esto? Algo que, lamentablemente, ocurre con mucha frecuencia en el mundo del aprendizaje: mi madre no aprendió a conducir, sino que aprendió a aprobar el examen.

Dentro de la jerga política relacionada con la educación se ha instalado un palabro con el que se llenan la boca muchos que no tienen mejor cosa con la que ocuparla. Me refiero a la famosa «excelencia» con la que queremos impregnar nuestro sistema educativo. Y lo cierto es que suena muy bien. A ver quién es el guapo que dice que no quiere una educación excelente para su familia y su país. El problema viene cuando queremos concretar qué es eso. Y aquí, los sabios que han diseñado la vigente ley educativa han encontrado la piedra filosofal: un sistema excelente es aquel que está sometido a numerosas pruebas de evaluación externa. Sometamos a muchas reválidas a nuestro alumnado y conseguiremos una educación de calidad. Abracadabra.

Un granjero inglés -mencionado por el experto en educación Richard Gerver- refutó esta teoría con una simplicidad devastadora: «Por mucho que peses al cerdo no va a engordar más deprisa». ¿Verdad que se entiende muy bien? Pues eso.

Mi amigo Rafael Robles es un profesor de Filosofía que, en este momento, está trabajando en Estados Unidos. Si buscan su nombre en Internet encontrarán su blog, en el que comparte sus experiencias con quien quiera leer un rato. Curiosamente, su última publicación, de hace unos pocos días, tiene este sugerente título: «Las demenciales pruebas externas». Si quieren argumentos interesantes, en cinco minutos encontrarán unos cuantos.

No pretendo con esto decir que no haya que evaluar la tarea educativa, pero, previamente, habrá que diseñar unos procesos que realmente contribuyan a formar personas críticas, creativas y cuidadosas. Y cuando los tengamos, entonces nos ponemos a evaluar, pero no a la inversa, porque si no, nos pasará lo que a mi difunta madre: tendremos un montón de gente experta? en aprobar exámenes.