Los capiteles tardorromanos de la iglesia están siendo sometidos a un proceso de restauración para que recuperen su esplendor
17 feb 2016 . Actualizado a las 05:00 h.«¿Que habería aquí?». Xabier Bernárdez no logra ocultar la curiosidad que han despertado en él los trabajos de restauración de dos capiteles de época tardorromana (están datados entre los siglos tres y siete) de la iglesia de Setecoros (Valga). Pese al deterioro, son piezas hermosas, de un valor escultórico tal que sus seis hermanas llevan tiempo depositadas en el Museo de Pontevedra y en el de la Catedral de Santiago. Todas ellas fueron elaboradas en granito de O Incio, un material noble al que Xabier sigue el rastro «de traballo en traballo». Aparece, siempre, «en pezas singulares, valiosas». «Na catedral de Santiago hai algunhas obras feitas deste granito, e aquí aparece un conxunto» que parece indicar que este fue un lugar importante.
En la actualidad, Setecoros es una aldea alejada del mundanal ruido. Un conjunto de casas que se descuelgan, formando racimos, por la ladera de un monte. Tiene un teleclub construido en los setenta por la parroquia y un parque infantil en el que, desde hace años, no juega más que la hierba. Pero los capiteles que Xabier está restaurando apuntan a que hubo un tiempo en el que Setecoros era un lugar diferente. «Da etapa tardorromana non quedaron demasiados restos. Sen embargo, nesta zona hai moitísimos», apunta el restaurador. La Eirexa Vella, la capilla de Os Martores o el puerto recientemente descubierto en Agro de Xaz componen un paisaje en movimiento constante, de trasiego de gente y mercancías.
Pero volvamos a la quietud del presente. Xabier ha sido contratado por la parroquia de Setecoros para restaurar dos de las joyas de la iglesia. Los dos capiteles que siguen aquí están muy deteriorados: les faltan buena parte de las hojas de piedra que los engalanaban. Parecen haber sido picadas a conciencia. Cuentan los más viejos del lugar que hace años, bastantes años, había dos púlpitos adosados a las vetustas columnas. Cuentan, también, que un cura, harto de engancharse en las hojas de piedra, las mandó podar. Y se podaron.
La huella de aquella herida es imborrable. Xabier lo sabe, así que se ha concentrado en arreglar otros desaguisados. Trabaja con paciencia, con la iglesia abierta de par en par para que entre el aire, la luz y los vecinos que quieran verlo en acción. «A min gústame que veña xente», dice. De momento, en Setecoros no ha tenido demasiadas visitas. Aunque tampoco estuvo el tiempo como para salir de casa e ir a curiosear qué hace un hombre con bata subido a una escalera, poniendo una pasta blanca sobre los capiteles, o frotándolos con un cepillo de dientes, o con un diminuto algodón. Lo que hace, básicamente, es limpiar la piedra, eliminando el hollín y la cera acumulados durante siglos.
Estos trabajos son solo una parte del proyecto, que incluye medidas preventivas, encaminadas a proteger las piezas de todo tipo de agresiones. Para ello, se limpió y arregló uno de los contrafuertes del templo, un auténtico colador de humedad. Con el contrafuerte en plena forma, llegó la hora de que Xabier pusiese sus manos sobre los capiteles. Y en esas anda, espantando con sus movimientos el frío -un termómetro posado sobre el altar no sube de los nueve grados-. Una radio pone ritmo a la mañana y unos potentes focos, que parecen sacados de un estudio de fotografía, intentan sacar lo mejor de la piedra.
recuperación del patrimonio
Unas joyas de piedra que «xa se van vendo mellor», según los vecinos de la parroquia
Además de evitar que el tiempo siga dejando huella en los capiteles que se guardan en la iglesia, el proyecto de restauración diseñado por Xabier Bermúdez incluye la reivindicación del valor que estas piezas tienen. Quizás así, nadie vuelva a sentir nunca la tentación de picarlas, o de echarles una capa de cemento por encima. Para ello, se intentará hacerlos más visibles cambiando la disposición de los focos que iluminan el templo, se colocará un panel informativo en las inmediaciones de la iglesia y se organizarán charlas entre los vecinos de la zona.
Algunos de ellos -muy pocos, de momento- han acudido a ver qué es lo que hace este restaurador. El sacristán sí que aparece con frecuencia, para ver cómo evolucionan los trabajos. Y parece satisfecho con el ritmo que llevan las obras. «Xa se van vendo mellor», comentaba ayer en una visita fugaz al templo. Lo cierto es que hay una gran diferencia entre el capitel que ya ha sido limpiado y el que aún está en proceso. Uno parece más luminoso, el otro se ve bañado en una capa de humo y líquenes que Xabier retira poco a poco, con paciencia.
Paciencia
Es, más o menos, la misma paciencia con la que Don Paulino, el cura de Setecoros, aborda la sucesión de proyectos con los que quiere reactivar este rincón de Valga. Recuperar los capiteles es una pieza de un puzle que tardará años en rematarse. Hasta ahora, los trabajos de cuidado del patrimonio de Setecoros se ha realizado gracias al apoyo de los vecinos. Quizás, dentro de unos años, puedan acometerse nuevos proyectos gracias al aceite que produzcan los 800 olivos que la parroquia plantó el año pasado en los terrenos de la iglesia. Con los beneficios que este reporte, Setecoros se sacará brillo a sí mismo.