Baptiste llegó al Pontevedra con la etiqueta de promesa del fútbol francés, no llegó a triunfar y ahora se gana la vida sirviendo copas y dando clases de francés
03 dic 2015 . Actualizado a las 13:42 h.La ilusión de Ibrahim Baptiste, igual que la de millones de niños en el mundo, era la de convertirse en futbolista de Primera División. Aunque muchos jóvenes abandonan este sueño en la adolescencia, él apostó su vida a ser una estrella del balompié. Y a punto estuvo de conseguirlo. Ahora, con 31 años de edad y tras asumir que no podrá vivir del fútbol, se gana la vida entrenando a un grupo de niños, dando clases de francés, jugando al fútbol a nivel aficionado y como camarero en un bar de copas por las noches.
Baptiste, el mediano de cinco hermanos, abandonó su hogar en el centro de París con doce años para ingresar en un centro de alto rendimiento y ocho años después, con veinte, ya era futbolista de Primera División. Jugaba en el Nantes, un clásico de la liga francesa, pero el entrenador le dijo un día: «Si firmas el contrato, no vas a jugar».
Fue en ese momento cuando Baptiste decide hacer de nuevo las maletas. Habla con un representante y le dice que había contactado con dos equipos de España: el Villarreal B y el Pontevedra. Sin dudarlo, escogió el proyecto granate que por aquel entonces, año 2005, militaba en Segunda División. Tras hacer una prueba, el entrenador del Pontevedra, Alberto Argibay, le ficha y descubre Galicia, tierra que le robó el corazón, en la que se enamoró y que no piensa abandonar jamás.
Como granate vivió dos años, siendo una pieza muy importante en la plantilla. Sin embargo, al finalizar su contrato la directiva decidió prescindir de él en contra de la voluntad del entrenador, obligando al joven parisino a cumplir su sueño en otra ciudad.
Encontró acomodo en el equipo barcelonés de l?Hospitalet, pero nunca se llegó a integrar, en buena parte porque su cabeza y su corazón estaban en Pontevedra, donde tenía a su novia. Así que tres meses después decidió regresar a Pontevedra, dar un paso a atrás en su carrera y fichar por el Portonovo, de Tercera División, rechazando a equipos como Lugo o Ferrol. Tras descender con el Portonovo, inició un periplo por varios equipos de los alrededores: el Coruxo, con los que ascendió a Segunda B, el Santiago, en Primera Regional, el Flavia, en Padrón; el Rápido de Bahía, en Moaña; y el Atlético Marcón, de Regional Preferente, en el que juega desde hace dos temporadas.
Entre tanto cambio de equipo, el francés se dio cuenta de que sus posibilidades de vivir del fútbol se habían esfumado. «Fue difícil de asimilar porque yo dediqué toda mi vida al fútbol, tenía una meta que era jugar en Primera División», confiesa un Baptiste que nunca se tomó su fichaje por el Pontevedra como un paso atrás en su carrera. De hecho, tuvo una última oportunidad de regresar a la élite en su primer año en el Portonovo. «El Slavia de Praga, que jugaba la Champions, me llamó para hacer una prueba, no hubo suerte, pero tuve una oportunidad. Nunca pensé, hasta hace poco, que no podía llegar a lo más».
Ahora, más maduro, al echar la vista atrás se da cuenta de que cometió errores. «Lo que me faltó fue estar focalizado solo en lo deportivo. No tuve una buena higiene de vida, me acostaba tarde, no comía bien, me levantaba media hora antes de ir a entrenar, no desayunaba... si hubiese sido más exigente conmigo mismo hubiese llegado arriba», lamenta Baptiste.
Esta lucha e insistencia por hacer realidad un sueño al alcance de muy pocos, le hizo descuidar su formación. «No podía compaginar el fútbol en el primer equipo con los estudios y dije: a tomar por saco, dentro de unos meses voy a ganar miles de euros, qué importan los estudios. A día de hoy me arrepiento y, obviamente, ahora si veo a un chaval le digo: primero estudia».
Para ganarse la vida, Baptiste tiene ahora cuatro trabajos y un proyecto empresarial que pretende llevar a cabo algún día. Mientras tanto, imparte clases de francés, entrena a un equipo de niños, juega al fútbol y sirve copas. «La noche si la puedo dejar mejor, pero hay que trabajar», admite el futbolista, que tiene «proyectos de fútbol en mente, de llevar jugadores de España a Francia y al revés, jugadores en situaciones como las que pasé yo», resume. «Lo pasé mal por momentos», pero nunca se planteó volver a casa: «Mi madre ya me crio; nunca quise que resolvieran mis problemas».
Los atentados de París ocurrieron a pocos metros de su hogar familiar
Baptiste, parisino de nacimiento, está todavía conmocionado por los atentados terroristas que sacudieron su ciudad hace unas semanas. Y no solo por las vidas que se perdieron, sino porque los lugares atacados fueron los mismos en los que Ibrahim se crio de niño y que su familia frecuenta a diario para ir al trabajo o tomar un café.
«Mis padres suelen salir casi todos los viernes a un bar que hay al lado del Bataclan y coincidió que ese día mi madre estaba conmigo aquí en Pontevedra», relata todavía sobrecogido Baptiste, que recalca que toda su familia es de París y que «afortunadamente no les pasó nada».
«Fue realmente al lado de mi casa. Mi madre pasa todos los días por delante del Bataclán para volver del trabajo. Yo he ido muchas veces al estadio de Francia y los terroristas, desde el coche, dispararon contra una piscina en la que nadaba yo de pequeño», recuerda el jugador, que a pesar de vivir a miles de kilómetros de París, «me quedé toda la noche delante de la televisión y el ordenador viendo lo que pasaba».
Desde la llegada de Baptiste a Pontevedra, se cumple este año una década. Un período en el que se ha convertido en un pontevedrés más. «Hace ocho años, estaba enamorado y no me planteaba irme a otro sitio y me volví de Barcelona por eso, pero no me quedé en España por eso. Me quedé en España porque Galicia para mí es una tierra de encanto».
Añade Ibrahim que «soy extranjero pero no me siento así. Vengo de París y allí nadie se conoce; aquí me harto de decir hola y eso me encanta», bromea el jugador, que reconoce que añora a la familia, a la que ve una vez o dos veces al año, pero no se plantea regresar.