Para los que recordamos como un acontecimiento histórico en nuestras vidas el día en que llegó a casa la primera televisión en blanco y negro, el mundo gira demasiado rápido. Hemos tenido que pasar de la cinta del casete al cedé y al pen sin consideración y sin los suficientes conocimientos ya no para entender los modernos mecanismos de la misteriosa tecnología, sino también para interpretar los inescrutables manuales de instrucciones. Y hemos tenido que hacerlo así, sin vacuna ni subvención ni apoyo psicológico.
Y lo hemos hecho mientras crecían nuestros hijos, que nacieron con un ordenador debajo del brazo. Nadie nos lo reconocerá nunca, pero somos unos analfabetos digitales que hemos sobrevivido con dignidad a la era tecnológica, que hemos tenido que aprender a convivir con los ordenadores y las webs y las redes sociales y los wasap soportando estoicamente el recochineo de esos pequeños babosos que nos vacilaban a la vez que comían de nuestros esfuerzo por subirnos al carro de lo que se nos venía encima si no queríamos quedarnos en el paro.
Porque es duro tener que soportar que tu hijo, por cuyo futuro te deslomas todos los días, te mire con cara de prepotencia y pena cuando le pides que te instale una aplicación en el móvil o te traduzca al analógico lo que te aparece en la pantalla.
Hasta que un día te sorprendes a ti mismo tratando de darle «me gusta» a un buen reportaje en una revista de papel. Y mientras, tu hijo se muere porque los Reyes le traigan una colección de vinilos de toda la vida. Paciencia.