Los vecinos de Bamio deben superar una gincana para llegar a Vilagarcía
13 nov 2014 . Actualizado a las 07:57 h.María y su compañero regresaban ayer de su paseo vespertino hasta Carril y afrontaban la gincana de vuelta hacia Bamio. Todo un ejercicio de riesgo para personas que ya tienen una edad e incluso para los más jóvenes. Es imposible, por ejemplo, que un carrito de bebé pase por ahí. Sencillamente, porque no hay espacio.
El panorama es el siguiente. Situémonos a la salida de Bamio. En el último tramo de la vieja carretera se acaban las aceras. Así, de sopetón. Son alrededor de doscientos metros que los peatones deben cubrir pegados a la línea continua que delimita un arcén que, sencillamente, es una zanja de alrededor de medio metro de profundidad. Los coches, por cierto, pasan a una velocidad más que respetable y la mayoría con los habituales miramientos, es decir con ninguno, que los malos conductores suelen tener.
Superado el primer tramo de la gincana llegamos al segundo. Cruzar la pequeña rotonda que ordena la entrada hacia la carretera principal o hacia la gasolinera de El Salgueiral. No presenta demasiada dificultad, es verdad, pero tiene interés porque guarda dos opciones para seguir caminando a Vilagarcía. O seguimos arriesgándonos con los coches levantando los abrigos por el viento que desplazan al pasar a nuestro lado a toda velocidad o tomamos un desvío por detrás de la estación de servicio.
Los vecinos más veteranos se suelen decidir por esta opción. Sí, obliga a alargar algo el recorrido, pero al menos nos aísla de coches y camiones durante unos metros. ¿Cuál es el problema? Pues que acaba convirtiéndose en una vereda muy estrecha, en la que hay que caminar en fila de a uno, con un terreno pedregoso que imposibilita el tránsito a carritos de bebé y sin luz. Toda una aventura a partir de las seis de la tarde. Lo de «meterse en la boca del lobo» lo describe a la perfección.
La otra posibilidad es todavía más arriesgada. Cierto es que, como el Guadiana, reaparecen las aceras en un tramo, pero solo en el que va entre la primera, y pequeña, rotonda de la segunda, y enorme, rotonda. Al llegar a esta última, que es en la que desemboca la circunvalación que da servicio al puerto, hay que lanzarse a la aventura de cruzarla hasta llegar a un quitamiedos. Reaparecen las estrecheces. No sabes si saltarlo o no porque hay un pequeño tramo por el que se puede seguir andando. A la vera de los coches otra vez, por supuesto.
Falta el último tramo hasta llegar a la curva de La Rosa. Seguimos caminando por el lado izquierdo de la calzada, como debe ser. Seguimos sin aceras, por supuesto, y casi sin arcén. Otro cruce peligroso, el que da entrada a la urbanización San Roque. Última dificultad superada porque la idea de atravesar la carretera para ir hacia el cementerio es totalmente descabellada. Solo falta hacer la gincana de vuelta. María y su compañero, que la sufren a menudo, están indignados. Y está claro que tienen razón.