Flores en el salón

Manuel Blanco

AROUSA

No seré yo el que reste valor a los datos presentados ayer por Tomás Fole. Acabar con años de despilfarro y poner orden en unas finanzas que cabalgaban desbocadas tiene un mérito innegable en estos tiempos de cinturones bien prietos. Ocurre que el discurso del gobierno local destila cierta complacencia en lo que, ojo, debería ser el común denominador de toda acción política: gastar con sentidiño, en la medida de las posibilidades de que se disponen. Es loable que Fole y los suyos acudan a la caja con mesura, pero si ese va a ser todo su balance de gobierno a lo largo de este mandato, será bien poco con lo que se presenten en el zurrón cuando lleguen los próximos comicios locales. Al fin y al cabo, un ayuntamiento no es una empresa, por más que Merkel y sus acólitos hagan proselitismo de un discurso que renuncia casi de forma expresa a la actividad social y cultural inherente a cualquier administración.

No se trata de gastar lo que no se tiene, cuidado, sino de hacer más con menos. Los populares vilagarcianos han apostado todas sus naves con buen criterio en el menos, pero han dejado de lado el más. Y para ello en muchas ocasiones no hay que tirar de la chequera, sino solo de trabajo e ingenio. Que el centenario del nacimiento del Concello, por ejemplo, esté pasando sin pena ni gloria por nuestras vidas es a todas luces una ocasión perdida. Que nadie en Ravella considerase oportuno lanzar un plan de captación de patrocinios privados para financiar un programa de actividades decente resulta una evidencia incontestable de ese olvido tácito. Porque está muy bien barrer y limpiar el polvo de la casa, sobre todo cuando estaba llena de mugre, pero también hay que ponerle flores. Para que esté bonita y podamos disfrutarla.