Hace cien años, Vilagarcía se afanaba por dejar de ser villa para convertirse en ciudad, la Ciudad de Arousa. Y, en ese camino, tenía que adaptarse a los usos y costumbres de aquellos a los que quería imitar. De ahí surgieron el Salón Varietés, en 1907, coincidiendo con la donación de Cortegada y el nacimiento del diario Galicia Nueva, otro símbolo de modernidad, y el Salón Villagarcía, en 1911, justo en el momento en que se concluían las negociaciones para anexionar a Carril y Vilaxoán. También teníamos el Café Universal de Daniel Poyán y el Café Inglés, que competían en duetos musicales a la hora de disfrutar del five o?clock tea. Y hasta en las tabernas, y no como ahora, había carteles que advertían English spoken.
Tan modernos éramos que salíamos en todos los medios, incluidos los nacionales. Cuando no era porque se nos iba la olla pensando en que los reyes de Inglaterra y los de España tendrían cada uno su palacio en Cortegada, lo era porque las elecciones las discutíamos a tiros y con coches de un lado a otro a la caza de votantes -que lo del carrexo no es cosa de ahora-. Hasta que un día, a finales de agosto de 1911, también fuimos portada nacional con el misterioso caso del rapto de una cupletista. Y además -porque siempre nos gustó dar la nota- con ramificaciones internacionales.
Resulta que, en esas fechas, en el Varietés actuaban dos canzonetistas, danzarinas y hermanas que, pese a ser del mismo Madrid, se hacían llamar Las Orientales. La sorpresa llegó al acabar la jornada, ya de madrugada. Dos hombres, muy bien vestidos, se acercaron a las artistas y, de forma violenta, raptaron a una de ellas, «que, por cierto -decían las crónicas-es muy hermosa». Los secuestradores tenían un coche preparado. O sea, premeditación, alevosía y nocturnidad (y casi descampado).
El avispado cronista decía que el bólido se había largado por la carretera de Pontevedra «que es la de Oporto». Y no es que fuera como Horatio, el de CSI, es que ató cabos: Las Orientales habían actuado antes en aquella ciudad, y a una le habían hecho «insinuaciones, desatendidas por ella. Y dispuestos a lograr por la fuerza lo que de otro modo no podían conseguir, determinaron raptarla, como así lo han hecho». Además, había otro indicio racional: el coche tenía matrícula de Oporto, número 316 (lo digo por si lo ven por ahí). La familia de Las Orientales quedó, claro, desconsolada. Pero no tanto por lo que pudiera pasarle a la chica, sino por «haber quedado disuelta la pareja artística, con que ganaba el sustento diario».
Para los adictos al Sálvame y similares, que sepan que las Orientales aparecieron semanas después actuando en Madrid. Ahora bien, una duda me corroe: ¿Cuál de las dos era «por cierto, tan hermosa» como para venir a propósito desde Oporto? Estos portugueses?