El huevo y la gallina

Manuel Villaronga PER SECULA SECULORUM

AROUSA

La cuando menos curiosa ?por no decir esquizofrénica- relación de Vilagarcía con el mar es digna de análisis por el mejor sicoterapeuta argentino. Cierto que la desecación y urbanización de las marismas era algo que, tarde o temprano, tendría que caer: eran ya un problema de salubridad. Pero cierto, también, que el proceso seguido para adjudicarlas -con propiedad «a perpetuidad» incluida- a Patricio de Andrés Moreno, y a espaldas de los ayuntamientos de Vilagarcía y Vilaxoán, fue un pelotazo urbanístico que ni en lo mejores tiempos de cierta comunidad del Levante español.

Su urbanización era, pues, algo inevitable. La lucha del hombre con la Naturaleza tiene esas cosas: con recordar adónde llegaron las inundaciones del 2006, ya sabemos también adónde llegaban las marismas. El agua tiene memoria, qué cosas. Y sólo por eso se merece una fiesta.

Ahora bien, lo de las marismas no fue nada comparado con lo que vino después. Desde que en 1881 se acordó rellenar una parte «insignificante» de la costa para construir la plaza de la Peixería y, sobre todo, desde que en 1900 la Cámara de Comercio admitió que «no quedaba más remedio» que ganar al mar el espacio que el puerto necesitaba para las labores de carga y descarga, entonces sí que lo que ya no tuvo remedio fue la relación de Vilagarcía con el mar.

La culpa, pienso yo, la tuvo el simpático de García de Caamaño. Cuando tuvo la ocurrencia de fundarnos, no nos lo dejó claro. «Eno meu porto e lugar de Vila García», decía aquella carta de «avynça e igualdança» de 1441. Pues muy mal, señor Caamaño. Porque desde entonces, y mira que ya llovió -y más en los últimos días-, seguimos dándole vueltas a qué fue -y es- primero, si el puerto o el lugar. O sea, como el huevo y la gallina. Y mientras lo decidimos, seguimos rellenando. «Sos unos boludos», concluyó el sicoterapeuta.