Ramón El Puertorriqueño lidió una novillada en Vilagarcía en 1963
24 feb 2013 . Actualizado a las 06:46 h.Nunca llegó a tomar la alternativa. Es más, acabó siendo corredor de bolsa. Pero pocos pueden presumir de que su primera novillada haya tenido eco en el Daily Mirror. Conoció a Ernest Hemingway, departió en tientas y fiestas con los hermanos Luis Miguel y Domingo Dominguín (hijos del que un día fue dueño de la plaza de Pontevedra), impresionó con su arte a Lucía Bosé, fue testigo cercano de los primeros éxitos de Manuel Benítez El Cordobés y llegó a tratar en Portugal al supuesto asesino de Rasputín. El amor de su vida fue la australiana Joan Zealand, tercera clasificada en Miss Universo en 1972, aunque sus conquistas siempre estuvieron acorde a su condición taurina. Juan Ramón Fernández, conocido como Ramón El Puertorriqueño (Aguas Buenas, 1936) y que está considerado uno de los dos únicos toreros en la historia de la isla caribeña, tiene raíces pontevedresas, en concreto de Vilagarcía, de donde era su abuelo paterno, Pedro Fernández Moreira-Ramírez, apodado El Zorro, alias que heredó también su padre.
Solo una vez pisó una plaza de toros en la provincia, precisamente en la localidad arousana, donde participó en una novillada. Esa y sus otras innumerables vivencias en el Madrid de los sesenta, al que sacó todo el jugo, están recogidas en su autobiografía, No es necesario pedir perdón, publicada ya al otro lado del Atlántico en 1996
Desde San Juan, Fernández comenta que aunque entre los años 60 y 70 vivió en la capital y recorrió casi toda España debido a que era responsable en el país de una cadena de boleras -tarea que compaginó con los toros-, sí que le produjo una sensación especial lidiar en el lugar del que procedía su abuelo: «Me impresionó por mi descendencia, pero en realidad España me tenía impresionado». Sigue conservando especial amistad con Álvaro Domecq y asegura que suele volver cada año a Madrid y a Andalucía, «porque sigo siendo rociero y suelo ir a la Feria del Caballo de Jerez».
Sus anécdotas apenas dan un respiro en cuanto a relaciones, fiestas y amistades, y en su libro reconoce el resquemor que le produjo no poder dedicarse a la lidia como profesión. En una primera etapa lo dejó para irse a vivir a París, por su trabajo en la compañía de boleras. Pero a finales de 1968 regresó y lo volvió a intentar, aunque el sueño fracasó y en el 77 se marchó definitivamente a Puerto Rico con un empleo para la firma Merrill Lynch. «Pero todas las vivencias me ayudaron a crecer como ser humano», afirma.