Siete vilagarcianos sobreviven, un siglo después, al nacimiento del nuevo Ayuntamiento
20 ene 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Cien años después de la fusión de los concellos de Vilagarcía, Vilaxoán y Carril, historiadores y cronistas se valen, sobre todo, de los archivos de la época y de lo que entonces publicaban los periódicos. También de las postales y de las viejas fotografías, documentos impagables para hacer un recorrido fehaciente de lo que entonces era la Ciudad de Arousa. En los baúles de los apellidos más influyentes de la ciudad quedan también documentos para la posteridad, pero son muy pocas las voces que pueden echar mano de sus recuerdos para relatar, cien años después, la intrahistoria, cómo vivían las gentes, cómo eran sus casas, cómo sintieron la pérdida de una identidad propia en aras de un objetivo común.
Pero algunos quedan. Oficialmente son diez, los que figuran en el padrón y que tienen más de cien años o que los cumplirán en el 2013 coincidiendo con el centenario. En realidad, son algunos menos, porque entre fallos en la fecha de nacimiento y fallecimientos recientes, los testigos de oro de la fusión se han quedado en siete.
Testimonios irrepetibles
Pero entre ellos, hay personajes tan significativos para la industria local como Antonio Rodríguez López, fundador de Larsa que nació el mismo mes en que se hizo oficial la fusión de los tres concellos; o Claudio Outeda, viejo casero de los duques de Medina de las Torres que recuerda muy bien la frustración de los vecinos de Vilaxoán por tener que renunciar a su Ayuntamiento. Josefina Ferro, que hasta que se casó con un vilagarciano venía «aos baños» desde Cuntis, recuerda a su tierra de adopción como «un corral de vacas», y parejas tan queridas en la ciudad como la que forman Fernando Quintela -que ya tiene 96 años- y su mujer Lolita Gallego son fiel ejemplo de cómo fueron cambiando y adaptándose a los tiempos las familias vilagarcianas.
Los suyos son testimonios irrepetibles con el tiempo en contra. De ahí este homenaje a quienes, día a día hasta sumar un siglo, convirtieron «un corral de vacas» en lo que hoy es la Perla de Arousa.