Un siglo de la ciudad de Arousa

Vilaxoán, Carril y Vilagarcía se adelantaron a su tiempo al unirse en 1913


vilagarcía / la voz

Cuando en el verano del 2010 Vilagarcía planteaba a la Xunta la constitución de la Ciudad Arousa no estaba proponiendo una idea innovadora: hacía nada menos que dos siglos que se había acuñado este concepto. No se pensaba entonces en la unión de toda la ría, sino en la de las tres localidades que daban forma a la Arousa Bay de la que hablaba la Armada Inglesa, pero lo cierto es que el resultado de esta alianza precursora firmada hace ahora cien años estuvo a punto de ser bautizado como Ciudad de Arousa. También lo es que en estos tiempos en los que la crisis ha avivado el debate de la fusión de municipios, el precedente de Vilagarcía se convierte en un ejemplo de que la convivencia es posible. Vilagarcía, Vilaxoán y Carril se unieron para crear algo mejor. Ninguno ha perdido su identidad, pero juntos han podido convertirse en la octava ciudad de Galicia.

En cierto modo, fue también una crisis, especialmente en los casos de Carril y Vilaxoán, la que entonces hizo derivar los acontecimientos hacia la unión de los tres pueblos que se asentaban al fondo de la mayor ría de Galicia. Pero vayamos por partes.

A lo largo del siglo XIX, la historia de Vilagarcía había estado marcada por continuas rivalidades territoriales. Hasta el encaje definitivo asentado en 1913, hubo al menos una propuesta de unificación con capital en Carril (1868) y un intento de Cea y Loenzo de formar ayuntamiento. También Rubiáns intentó recuperar su concello, y ni Bamio quería pertenecer a Carril ni Sobradelo a Vilaxoán. Pero la realidad acabó imponiéndose, y la realidad, para bien o para mal, siempre ha tenido mucho que ver con el bolsillo.

Vilaxoán había sido un potente asentamiento industrial que a partir de la segunda mitad del XIX entró en franca decadencia. Volvió entonces a ser un pequeño puerto pesquero, pero no perdió su Ayuntamiento y, como tal, tenía que cumplir con sus necesidades y con las obligaciones con las Haciendas provinciales y del Estado. Para poder hacerles frente tuvo que recurrir con frecuencia al reparto de las cargas entre los vecinos, que se fueron haciendo más gravosas a medida que empeoraba la situación económica.

En el caso de Carril, había sido durante décadas el puerto de Santiago, hasta el punto de que llegó a tener una aduana de segunda clase. Pero cuando la vela fue sustituida por el vapor y los barcos se fueron haciendo más grandes y más pesados, las infraestructuras portuarias carrileñas se quedaron pequeñas. La llegada del ferrocarril, cuya primera línea en Galicia unió Cornes y Carril, significaría un pequeño alivio para la localidad, pero no sería suficiente. La decadencia era ya irreversible y cuando en el año 1888 comienza a operar el Muelle de Hierro de Vilagarcía, Carril sufre la estocada definitiva. Todavía resistiría, sin embargo, unos años, hasta que, agobiado por las deudas, pidió su anexión a Vilagarcía.

Esta, por su parte, contaba con la ventaja de tener unas instalaciones portuarias ajustadas a las necesidades de la época, así como con el espacio suficiente para su desarrollo urbano, sobre todo desde que, unos años antes, durante el mandato del alcalde Francisco Ravella, se había procedido a desecar las marismas para su posterior urbanización. Vilagarcía fue creciendo y acercándose cada vez más a Vilaxoán. Esta expansión, unida a la emigración hacia América, pronto iba a hacer que el puerto se quedase pequeño, y cuando llegó la hora de ampliarlo, hacerlo hacia Vilaxoán era la única opción. Por otra parte, con la llegada del ferrocarril, y la estación a medio camino entre Vilagarcía y Carril, también las empresas fueron poco a poco trasladándose hacia la primera.

Cortegada

Entre el abanico de factores que fueron creando el caldo de cultivo para la unión de Carril, Vilaxoán y Vilagarcía, no tiene un papel menor la donación de la isla de Cortegada al rey Alfonso XIII con la finalidad de que se construyese en ese territorio un palacio para residencia de verano de la corte. En el proyecto, que como se sabe resultaría fallido, pondrían su empeño y sus dineros personajes de los tres ayuntamientos, e incluso las propias corporaciones. El interés común primaba, una vez más, sobre las diferencias.

Todavía un acicate más en ese camino hacia la unión, y no menor: el cultural. Vilaxoán, Carril y Vilagarcía eran los lugares preferidos a los que los compostelanos venían a buscar su descanso. Y a la hora de procurar entretenimiento para esos momentos de ocio, no cabe duda de que Vilagarcía, más al tanto de la vida cosmopolita, con su teatro y su Casino-Recreo, salía ganando.

En este escenario, las corporaciones llegaron en 1911 al convencimiento de que la unión era el camino, pero se necesitaba un elemento aglutinador y este fue -según defiende Manuel Villaronga en su libro Vilagarcía, Vilaxoán y Carril, del que se han extraído buena parte de los datos de este artículo- Augusto González Besada, que había sido diputado y ministro. A su finca de Poio llegaron una tarde de 1911 un buen número de representantes de los tres ayuntamientos, encabezados por los alcaldes respectivos de Vilagarcía, Carril y Vilaxoán, Valeriano Deza, Ramón de la Fuente Abalo y Serafín Ameijeiras. En esa reunión, González Besada trató de convencerles de que era indispensable que se uniesen si querían conseguir grandes proyectos como los que en ese momento estaban sobre la mesa: Cortegada y la ampliación del puerto.

El efecto de su reflexión fue, por lo que se ve, inmediato. En octubre se constituía, presidida por el regidor vilagarciano, la comisión permanente encargada de poner en marcha los trámites legales para la unión. Este organismo determinaba semanas después que la situación económica de Carril y Vilaxoán no era obstáculo para esa fusión, pues las ventajas «políticas y de progreso» compensarían esas cargas que asumiría el presupuesto de la ciudad resultante. Las corporaciones tenían, pues, vía libre para aprobar la anexión. La primera en hacerlo fue la de Vilaxoán, el 2 de diciembre. Después lo harían Carril y Vilagarcía. «El sueño de la gran ciudad que capitalice la vida mercantil e industrial de la ría de Arosa comienza a realizarse», publicaba desde Madrid El Liberal.

No han perdido su identidad, pero juntos se han convertido en la octava ciudad

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