Aquel pequeño paréntesis de gloria

La Voz

AROUSA

Hace mucho tiempo que se conocen las capacidades curativas de las aguas que cruzan el subsuelo de Catoira. De hecho, los manantiales de esta localidad ocupan dos páginas en el Tratado de Hidrología Médica que en el año 1877 publicó Nicolás Taboada Leal. El erudito, miembro de la Academia Médica y de la Real Academia de la Historia, señala ya que «en el país se cree que el descubrimiento y uso de las aguas de Catoira es de tiempo inmemorial». Traza Don Nicolás una semblanza de cómo se aprovechaban en su época los tres manantiales que existían en el entorno de la iglesia de San Miguel y en los que brotaba «agua clara y transparente, de olor bastante perceptible y semejante a huevos podridos, sabor sulfuroso y temperatura fría». «Las aguas se usan interior y exteriormente. En el manantial situado cerca de la iglesia hay un pozo o pilón de cantería construido recientemente para baño, pero solo admite una persona con comodidad y carece del conveniente abrigo y resguardo de la intemperie». Esa circunstancia, unida a la falta de hospedaje en Catoira, hacía que «la concurrencia a estas aguas sea tan escasa que apenas llegan al número de 25 las personas de fuera de la parroquia que acuden anualmente». Pero con la llegada de un nuevo siglo, el termalismo y las aguas curativas explosionaron, sembrando Galicia de balnearios que han sobrevivido en el tiempo. Son muchas las muestras que tenemos alrededor: desde A Toxa hasta Caldas. También los manantiales de Catoira tuvieron su oportunidad. En el año 1907 fueron declarados «de utilidad pública» los manantiales de Laixinias, y el abogado caldense Adolfo Mosquera impulsó la construcción de un balneario al que pudiesen acudir quienes precisasen de las aguas, y un hotel en el que pudiesen alojarse. Flor Dios, que ha elaborado un pequeño estudio histórico sobre esas dependencias, recuerda que el hotel era «conocido como Licarei». Se trataba de «una hermosa casa de piedra situada en medio de una finca de dos hectáreas, con buenas vistas a la ría, veinte habitaciones, un comedor galería y una amplia cocina». Alojarse en él costaba «entre seis y siete pesetas por día». El balneario, por su parte, era inicialmente «una construcción de madera con ocho cuartos de baño y un salón de espera. Tenía ocho pilas, cuatro de mármol (de primera) y cuatro de cemento, que se decían de segunda. El uso de las aguas era externo, en forma de baños, y en 1912 los precios era de entre 1 y 1,50 pesetas». A merced del olvido El complejo catoirense adquirió prestigio y alcanzó su etapa de máximo esplendor en los años treinta. Pero la Guerra Civil lo cambió todo. Los propietarios tuvieron que cerrar las instalaciones y acabaron por venderlas, allá por 1958, a Ricardo Dios, quien emprendió una serie de reformas. Pero ni con esas. Aunque oficialmente el balneario estuvo operativo hasta 1984, «este dato no parece cierto: los vecinos mantienen que después de la guerra no permaneció abierto por mucho tiempo». Así que, hoy en día, «el hotel se ha convertido en residencia de verano de sus propietarios y el balneario corre la suerte de los edificios abandonados». «En el país se cree que el descubrimiento y el uso de las aguas de Catoira es de tiempo inmemorial» Nicolás Taboada Leal