l alcalde de O Grove está harto. Miguel Ángel Pérez está cansado de que cada vez que se pone un columpio o una papelera, a los dos días aparezcan rotos o llenos de pintadas. No es el único. Al de A Illa le pasa a menudo cuando acude al parque infantil de O Bao y comprueba que alguien se llevó algún elemento de la zona de juegos, no se sabe si simplemente por hacer daño o para colocarlo en el jardín de su casa. Sobran ejemplos. Las farolas del paseo marítimo de Vilagarcía, que sirvieron una noche de entretenimiento de dos jóvenes que se dedicaron a romperlas, una a una; los soportes de Zona Aberta o los de información turística, las papeleras arrancadas de cuajo, las paredes recién pintadas que al día siguiente ya están llenas de grafitos, las cabinas telefónicas reventadas... Pero el colmo de los colmos fue lo ocurrido en la Festa da Auga. A la mañana siguiente, los clientes de una entidad bancaria no se lo podían creer cuando quisieron entrar en un cajero automático y se encontraron en el recinto con una asquerosa deposición que alguien había dejado a propósito, porque para acceder a esos cajeros hay que hacerlo con la tarjeta bancaria. Sin superar aún el mal trago, esos mismos clientes se dirigieron a otro dispensador de la misma entidad en el que se vieron obligados a retirar su dinero rodeados de meos malolientes. Algo muy fuerte pasa en esta sociedad para que nos resignemos y contemplemos ese tipo de excesos como algo normal. Sodoma y Gomorra. Es lo que hay.