E

s increíble lo que puede hacer un poco de pintura. Hay mujeres -y ahora también hombres- que con dos o tres manitas de pote y sombra de ojos cambian tanto que de una noche a la mañana siguiente apenas se las reconoce. Vilagarcía necesitaba pintura. Parecía una señora de piel marchita. Sin pintar. Sin arreglar. Dejada. Ayer me llevé la sorpresa de ver un montón de operarios municipales pintando las barandillas del paseo del río de O Con, las papeleras, los bancos y las farolas de la plaza de España. El otro día cortaron el césped del jardín de Ravella. Y repararon un montón de agujeros que habían dejado abiertos en la acera, como heridas de desidia, cuando empezaron las obras de peatonalización de las calles del entorno. Vilagarcía necesita un plan de regeneración estética. Y no se trata de gastar y gastar. No. Se trata de cuidar. De mantener. De restaurar. De ponerle mimo a las cosas y de tener una idea clara de la ciudad en la que queremos vivir. No que cada calle sea de su padre y de su madre. El tiempo dirá muchas cosas. Dará y quitará razones. Es un juez inexorable que siempre tiene razón. Lo sé. Pero a mí me alegró el día ver a esos operarios ponerle un poco de pintura y cariño a las arrugas que, por falta de cuidado, le había salido a Vilagarcía.