H
e leído que Rajoy ha dicho que Francisco Camps «ha actuado con grandeza en una situación difícil». Y todo porque ha dimitido por el asunto de los trajes. Por estar implicado en un gravísimo caso de corrupción. Porque el juez ha decidido sentarle en el banquillo por ese asunto. Rajoy no tiene ni idea de lo que es la grandeza. O quizás sí, pero tiene que decir estas tonterías para que su amigo Camps no decida decir según qué cosas. En el mundo civilizado, un político al que pillan con las manos en el traje dimite al día siguiente. No somete a su partido y a sí mismo a la vergüenza de estar un día sí y otro también en los papeles por ese tema. Dimitir cuando te van a juzgar y solo por eso no es grandeza. No tiene nada que ver con ser grande. Grandeza es sacrificarse. Pero Camps no se ha sacrificado. Ha hecho lo que tendría que haber hecho hace tiempo. La corrupción es lo que más mina a la democracia. Lo que socava los cimientos de la sociedad. Lo que roe las tripas de la justicia. No, señor. Camps no ha actuado con grandeza. Todo lo contrario. Dimitir era su obligación moral y ética. Lo ha hecho, pero tarde mal y arrastro. Grandeza es un adjetivo que no le pega a los políticos españoles. A ninguno. Sí a nuestros deportistas. Algo es algo.