Nacho Salorio

AROUSA

P

asé ayer por Carril poco después de que Nacho Salorio nos dejase. El día estaba triste. Nublado. Raro. De luto. Como nos hemos quedado todos los que le conocimos. Nacho se ha ido. Y aunque la noticia se oteaba en el horizonte, aunque la niebla hacía tiempo que ya había cubierto la isla de Rúa, aún esperábamos que algo la detuviese por sorpresa y no ocultase como ha hecho ese precioso rinconcito carrilexo que Nacho y su mujer, Emilia, convirtieron juntos en un hogar acogedor, en un restaurante singular, el Loxe Mareiro; en un magnífico lugar en el que conversar de lo mucho y bueno vivido por esta pareja y en una perenne sala de exposiciones en las que él mostraba sus cuadros. Nacho fue abogado laboralista. Compañero de los asesinados en la matanza de Atocha. Era pintor. Y era cocinero. Una de esas personas tocadas con el don de transmutar en delicioso todo lo que tocaban sus manos. Fue también, y ya siempre será, un hombre sabio. Que supo dejar la locura y el estrés para seguir siendo él mismo. Para vivir y ser vivido. Para no perderse en el laberinto de la búsqueda de un éxito que no existe. Porque no hay más éxito en la vida que saber vivirla. Y Nacho supo. Y con sus actos y sus palabras enseñó a muchos a saber vivir un poco mejor. A saber disfrutar de las cosas pequeñas. Él paladeaba cada día. Cada plato. Cada pincelada. Cada puesta de sol en esa atalaya privilegiada que era su Loxe Mareiro. Su rincón. Su casa. Su vida. Ayer Carril amaneció nublado. Pero el sol lució después. Hasta siempre.