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e encanta que los planes salgan bien. Los que nos criamos viendo El coche fantástico o El equipo A tenemos esta frase grabada a fuego en la memoria buena. La que solo se acuerda de las cosas agradables. No sé cuántas veces habré yo escuchado a Hannibal Smith decir esto al resto del Equipo A cuando, tras dos disputas con los malos, muchos tortazos, algún que otro disfraz y un buen número de explosiones sin heridos todo acababa bien. Yo veía la serie sobre todo en verano. En el pueblo de la sierra madrileña en el que nos cobijábamos del infierno del verano en la gran ciudad. Si cierro los ojos, aún puedo verme sentado en el sillón, en la casa de mis queridos tíos Miguel y Marilín, junto a mis primos Miguelín y Alfonso. Acabada la serie, hecha la digestión y pasadas las peores horas de la tarde abrasadora, salíamos a jugar. El Tour con chapas y «las armas» -así le llamábamos- eran de nuestros juegos preferidos. El segundo, claramente inspirado en todos aquellos capítulos. Había muchos planes en aquellos días de verano con mis primos. Muchos juegos. Muchas excursiones al río «a explorar». Muchos juegos inventados que cambiaban una y otra vez de normas. Mejorados por la vía del ensayo y el error. De mi infancia confieso que echo pocas cosas de menos. Creo que la vida de verdad empieza a partir de los 18. Pero aquellos juegos, aquellos días, aquellos veranos eternos al sol con Miguelín y Alfonso sí que los echo de menos. Luego nos hicimos mayores. Y los planes ya no siempre salieron bien.