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e llama Carlos Álvarez, pero todos le dicen Besada. Porque en O Grove este es un apellido de los que marcan. Con historia. Llegó a la primera línea de la política en el 2003, cuando encabezó por primera vez la candidatura del BNG. Sacó tres concejales y, una vez más, se frustró el gobierno de izquierdas. En el 2007, con el bipartito gobernando en la Xunta, se esperaba que los nacionalistas dieran la campanada. Todo el mundo pensaba que serían la fuerza más votada de la izquierda y que, esta vez sí, habría tripartito y con el Bloque al frente. Besada pinchó. No pasó de los tres concejales. Ni captó el voto joven ni fue capaz de dar la imagen de consistencia necesaria para despuntar. Porque Besada es buen chaval y tiene buena planta, pero de política anda corto. Y de gestión, más. Todas sus carencias quedaron patentes en estos cuatro años. Él ha pasado desapercibido. En lo político. En lo folclórico, no tanto. Llegando incluso al esperpento cuando se casó en plan Falcon Crest en la Atlántida. A los votantes del BNG, luchadores contra los desmanes urbanísticos de décadas, aquellas fotitos de papel cuché se les atragantaron. Tanto, que dejaron de confiar en Besada. Tanto, que quisieron buscar otro cabeza de lista. Pero él no quiso. Prefirió repetir. Y se la pegó. Ha dejado al BNG meco en el peor resultado de su historia reciente. Un solo concejal. Lo peor que se puede decir de Besada es que ha conseguido que sus votantes hayan preferido apoyar a José Antonio Cacabelos (PSOE). Que ya es un trago amargo.