Muchos gallegos, como este ourensano, alcanzaron un Mercedes lejos de su tierra
25 abr 2011 . Actualizado a las 10:45 h.¿Cuántos Mercedes has visto encima de una grúa que no sea la municipal? «Ninguno». José Antonio pregunta y José Antonio responde. Si hay algo que el Mercedes le llena de orgullo «es lo duro y fiable que es». Cuenta que está como el primer día. Bien es cierto que no le hizo muchos kilómetros, pues apenas tiene 132.000. Y eso que los últimos 30 veranos era el vehículo que los traía a Galicia de vacaciones. Pero la mayoría del tiempo «lo pasaba en el garaje». Para diario disponían de otro vehículo «más pequeño».
Mucho esfuerzo hay detrás del Mercedes de José Antonio Cortés. Para alcanzarlo, tanto él como su esposa han trabajado mucho, en supermercados, farmacias, en oficinas de correos... El 240D no fue el único Mercedes que han tenido. «Estará con nosotros toda la vida», anuncian. Tuvieron otro. Era enorme. Tras unos años, decidieron venderlo. Y hay días en que se arrepienten.
Y por si no eran ya suficientes piropos hacia su coche, ahí va otro. «Hoy en día, los diésel apenas suenan. Los de antes emiten un fuerte bramido. También es cierto que al tratarse de un Mercedes, en el interior no lo sientes», aclara satisfecho.
José Antonio Cortés es uno de esos tantos emigrantes que viajaban todos los veranos a Galicia siguiendo la estrella de un Mercedes. Las vidas de este ourensano y de su coche se cruzaron en 1981, en Suiza, donde vivían ambos. Su 240 Diésel tenía ya un año y medio cuando Cortés se quedó prendido de él. «Blanco, hermoso, cómodo. Era un sueño», recuerda nostálgico. Lo peor, el precio. Le costó 33.000 francos -tres millones de pesetas de entonces-, toda una fortuna para la época. Ya está más que rentabilizado. Lo dice su dueño, que presume de que su Mercedes no conoció taller más que para cambiarle el aceite o las ruedas y para una costosa reparación de chapa tras un accidente del que salieron «vivos gracias al coche» en el que iban.