T
engo los cajones llenos de recuerdos. De fantasmas de días felices. De fotos de años pasados. De tiempos pasados. De vidas pasadas. Hay veces que todo lo que queda de algo son esas fotos. Esas escenas detenidas de felicidad muerta. Y cuando las miras de nuevo te parece imposible que todo se haya vuelto del revés. Que ya solo queden esas fotos. Y nada de los fotografiados. Y sientes nostalgia. Y recuerdas tantos momentos. Viajes. Cenas. Conversaciones. Abrazos. Tristezas acolchadas por unos brazos amigos. Proyectos. Todo aquello que te hizo feliz está y ya no está en la foto. Sobrevive en tus recuerdos, pero se ha ahogado para siempre en el océano del tiempo. Su esencia se ha perdido. El otro día, mi amigo Peto, un grandísimo fotógrafo, me dijo que compartía conmigo mi gusto por la Luna. Me contó que tenía unas fotos excelentes y que me las mandaría. Hace unos días me llegaron. Son excelentes. Majestuosas. Preciosas. Me he quedado mirándolas fijamente. Soñando. Recordando. Como si fuesen las fotos que viven en los cajones de mi habitación. Unas y otras imágenes me evocan viajes fracasados. Caminos detenidos en muros inexpugnables. Yo siempre quise pisar la Luna. Perderme entre sus cráteres. Regar el desierto satelital y transformarlo en un vergel. Ahora sé que tendré que conformarme con mirar de vez en cuando las fotos que Peto hizo de la Luna. Como también tendré que admitir que lo que llena los cajones de mi mesilla de noche son solo recuerdos. Tan lejanos e inalcanzables como la Luna.