Margaritas

AROUSA

H

ay gente que se pasa la vida deshojando margaritas. Que les cuesta tomar decisiones. Y que cuando las toman, tienen poco valor. Porque son poco firmes. Un día es una cosa y otro día es otra. Yo a este tipo de personas los llamo margaritas y margaritos. Porque sus opiniones tienen el mismo valor que el pétalo arrancado de una de estas florecillas. Es decir, ninguno. Porque se marchitan y se pudren enseguida. Esos de los que les hablo son los que un día son de izquierdas y adalides de la solidaridad y del internacionalismo y otro son xenófobos que creen que insultan a alguien llamándole madrileño o suizo. Eso es fascismo. Esos son los que lamían por donde pasaba Javier Gago cuando era alcalde de Vilagarcía. Los que lloriquearon en su despacho hasta que les dio un trabajo que no merecían y hoy no dudan en insultarle y acusarle de todo. Y, por supuesto, sin pruebas de nada. Esos son los que cuando no tenían donde caerse muertos recibieron la ayuda desinteresada de algunas personas, en cuyas casas tuvieron mesa, mantel y apoyo. Y que hoy pagan aquel gesto con desprecios e infamias. Las margaritas y los margaritos son así. Solo dejan de morder la mano cuando les das de comer. Y en cuanto han comido, hincan el colmillo ponzoñoso. En la vida es mejor no ser una margarita o un margarito. Es mejor ser roble. De tronco grueso. Firme. Bien arraigado a la tierra. Sobrio. Porque por muy bonitas que parezcan las margaritas, acaban dando de comer a los cerdos. Y ahí se acaba tanto deshojar.