Ruido

Xurxo Melchor M

AROUSA

i padre me decía que la música que yo escuchaba no era más que ruido. De niño me levantaba los domingos y él estaba en el salón, leyendo y escuchando música clásica. Si cierro los ojos, aún le veo allí. Con esa tranquilidad suya. De él heredé el gusto por las dos cosas. Por los libros y por la buena música. Aunque a él le pareciese que los Ramones, The Clash o The Cult no eran más que ruido. Con el tiempo, algo cambió de idea y recuerdo que no hace mucho me regaló un disco de uno de mis grupos favoritos, The Cure. Me dijo que lo había escuchado en la tele, que le había gustado y que había pensado en mí. Seguro que él jamás imaginó lo que aquello significó para mí. Sentirle así de cercano. Notar que le gustaban cosas de mí. Seguro que siempre fue así. Pero aquella vez fue una de las primeras en las que me di cuenta. En la universidad me dijeron que el ruido era aquello que dificultaba la comunicación entre el emisor, nosotros los periodistas, y el receptor, ustedes los lectores. Ya fuese técnicamente o entorpeciendo nuestro trabajo para evitar que podamos informar. El ruido es todo aquello que nos para los pies. Lo que nos detiene. Lo que nos deja para siempre sostenidos en un aire denso como las gachas. La vida está llena de sonidos estridentes. Y no siempre son ruidos. A veces hasta el tronar de una máquina excavadora bajo la ventana de tu casa es sonido y no ruido. Para distinguirlos hay que cerrar los oídos y escuchar con el alma. Como hizo mi padre con aquel disco. Aquel día en que dejé de ser ruido.