e un tiempo a esta parte, vivimos cabreados. Constantemente enfadados. Si usted no se siente identificado con estas líneas, le felicito. Yo no puedo decir lo mismo. El otro día, el hermano de mi amiga Diana me dijo que no leía periódicos porque solo hablábamos de cosas malas. Que transmitíamos mal karma. Y que él buscaba más positividad. En el vestuario del pabellón de Fontecarmoa me crucé con un conocido y, como no, salió el tema del paro. «Está la cosa muy chunga», dije yo. Casi por inercia. Y porque cuando uno está cabreado, casi que necesita que el mundo estalle a su alrededor. Que todos desaten su ira. Pero lo que me dijo la otra persona me dejó pensativo. Me explicó que hay que pensar más en cómo hacer cosas, en buscar nuevas alternativas y perder menos tiempo en autocompadecernos. Hay que buscarse la vida. Dar pasos adelante y dejar de hablar de todo lo malo que nos rodea. Porque el cabreo, la ira, el enfado, no van a hacer que las cosas mejoren. Tampoco ayuda vivir en los mundos de la piruleta de fresa. No hay nada más tonto que ser feliz porque sí. Ni nada más destructivo que ser infeliz de salida. La crisis pasará. Como todo pasa. Aprenderemos de ella. Como de todo se aprende. Vendrán tiempos mejores. Y se irán. Y volverán a repartirnos malas cartas. Y tendremos que seguir jugando. Porque el buen jugador de mus, que es el rey de los juegos de naipes, no es el que se siente feliz cuando gana porque siempre le entran reyes, duples y la una. Lo bueno es ser feliz jugando con malas cartas. Y ganar igual.
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