i profesora de filosofía era la señorita Arias. Era medio cubana y a los compañeros les hacía gracia su seseo. Le hacían bromas. A mí me encantaba su acento y su pausa. No consiguió que aprendiera lógica. Lo intentó de veras. Pero la lógica tenía para mí un tufillo a matemáticas. A mí me seduce más todo lo que no sigue reglas. Lo que necesita mil y una páginas de tinta para tan solo intentar explicarse. Y, por supuesto, no conseguirlo. Pero me enseñó dos cosas que jamás olvidaré. La más sencilla es que se estudia día a día, poco a poco, y no el día anterior. Ella recomendaba ir al cine el día antes del examen. Para ir tranquilo a la prueba. En esto tampoco logré seguir su prédica. Pero de todo lo que nos enseñó fue Platón lo que más me impactó. No Aristóteles, como a todo el mundo. O Kant. O Schopenhauer. O tantos otros. No. Yo me quedé para siempre fascinado con esa idea platónica de que las cosas no son más que un reflejo burdo y torpe de su ideal. Esa es una idea que me ronda siempre en la cabeza. Desde que la señorita Arias nos la contó en el colegio. Con su parsimonia. Con una pasión que no es que no tuviese. Es que había que interpretarla. Vivimos en un mundo de reflejos mediocres. De realidades que jamás llegan a ser su concepto. De sentimientos que no son más que sombras reflejadas en la oscura pared de una caverna en la que todos habitamos. Un mundo en el que la Verdad está oculta por las cadenas que nos impiden girarnos para ver la realidad. Si es que existe. Eso no lo aclaró la señorita Arias.

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