A Illa es singular. Siempre lo ha sido. Cuando era una isla aislada. Cuando se conectó al continente. Cuando formaba parte de Vilanova. Cuando logró su ansiada independencia. A Illa ha sido siempre singular. Porque los isleños son especiales. Son gente especial. Admito que siento devoción por ellos. Por su hospitalidad. Por su sentido de la solidaridad. Por su forma de gobernarse, como hormiguitas, poco a poco. Por su dignidad. Por sentirse orgullosos de lo que son. Son singulares. Lo sé desde el primer día que pisé A Illa. Fue para hacer una pequeña encuesta sobre la segregación. Contaría la anécdota, pero su gracia necesita una versión oral. En la escrita pierde el chiste. Pero me cautivaron estos tipos que me recuerdan a la aldea de Astérix y Obélix. A esos galos irreductibles de tan buen corazón. Así que para mí estudiar la singularidad de A Illa en lo que al urbanismo se refiere es algo así como hacer un estudio para saber si el tabaco es malo para la salud o para determinar si la gente prefiere estar trabajando o de vacaciones. Vamos, que es obvio. Tan obvio como que una isla no puede regirse por las mismas normas que los demás concellos. Y esto tan obvio a la Xunta le ha costado tres lustros admitirlo. Pero al final lo ha hecho. No fue sin tiempo.