La vida es cómo el pronóstico del tiempo. Puedes intuir lo que va a pasar, aunque luego pase todo lo contrario de lo que te habían dicho que sucedería. Puedes ver nubes en el horizonte y pensar que traerán lluvia. Puedes ver el cielo despejado y creer que hará sol. Puedes quedarte una vida entera mirando al cielo esperando una señal para dar ese paso tan crucial y luego tropezar por no haber visto que había una zanja en el camino. Una agujero directo al más profundo de los abismos. A la gran sima de tu vida. A la que esconde todos tus fracasos. Todas tus vergüenzas. La vida es como el pronóstico del tiempo, que siempre falla. Menos las veces que miente. La tormenta perfecta pasa desapercibida cuando te avisan de su llegada. Y eso que iba a ser un simple chubasco inunda tu vida y te ahoga con él. No hay pronóstico que valga cuando del tiempo se trata. Porque es tan impredecible como la vida misma. Odio estar toda la vida pensando en si caerán chuzos de punta o llegará por fin el sol. No sirve de nada pronosticar lo que no tiene pronóstico. Lo que solo el azar tiene el poder de darte o de quitarte. He esperado al sol de mil maneras. Y viene, pero siempre se va. La mejor manera de esperarlo es no haciéndolo. Mirando al frente. Ni arriba, ni abajo. Y tampoco atrás.