El partidito

AROUSA

Colgué las botas hace tiempo. Tras romperme primero un brazo y luego un menisco. Guardo mejor recuerdo de lo primero, porque el hueso me lo quebró un amigo que ya no está entre nosotros, Fon Ferrazo, que me hizo un entradón por detrás y me metí el tortazo del siglo. Así que al menos conservo algo para siempre de mi amigo Fon, mi hueso roto. Él, como Oliveira, Pavi Comendador y Tino Abad Sabarís jugaban el partido de Navidad Espanha-Portugal. Un clásico al que vuelven cada año desde los Campos Elíseos, donde nos han dicho que viven ahora. Yo, como otros buenísimos amigos, también juego el partidito. Que es una pachanga de serie b en lo deportivo, una cita importante en el panorama social vilagarciano y un evento inexcusable en lo que a emotividad se refiere. Hoy volveremos a jugar. O a lo que sea. Porque lo que hacemos nosotros ya no sé si se puede considerar juego propiamente dicho. Nuestro ejército de griposos, tullidos, contracturados y achacosos volverá a saltar a la hierba de San Miguel de Deiro. No por la gloria. No por el deporte. No por dinero, válgame Dios. Tan solo por el placer de reunirnos. De ser fieles a la tradición. Ante todo, de recordar la memoria de los que ya no están con nosotros. Y por el champán de después, claro está.