Hay un virus circulando por ahí. Uno de esos que te tumban en cero coma dos, que diría una amiga mía. Uno de esos a los que los médicos de hoy en día culpan de cualquier cosa que nos pase. Les digas lo que les digas, te contestan con un «es un virus» y se quedan más anchos que panchos. Pero el caso es que hay un virus que provoca una fuerte gastroenteritis con todo lo que eso supone y que no sería caballeroso relatar en esta esquina del periódico. Los virus son el paradigma del auténtico sentido de la vida. Estás perfectamente y de repente parece que es tu último día. Son diminutos, microscópicos, y sin embargo son capaces incluso de llevarte a vivir al otro barrio. Nos recuerdan que no hay enemigo pequeño. Y también que en la vida lo que realmente importa es tener salud y no darlo por hecho. Que la felicidad la buscamos en paraísos lejanos y la tenemos dentro de nosotros mismos. Que cada día que el corazón late a ritmo y el hígado sigue en su sitio es un buen día. Que llegará el día en el que queramos respirar y nos cueste. El día en el que dar un paso detrás de otro sea la mayor de las odiseas. Ese día llegará. Y todo parecerá fútil. Hasta que llegue ese día fatal, lo mejor es sonreír. Hasta a los virus que llegan. Siempre y cuando se vayan también.