Es curioso cómo funciona la memoria. Lo caprichosa que es. Hace unas semanas, tuve una reunión de antiguos alumnos del colegio en el que estudié toda mi vida. La primera en veinte años. Muchas emociones. Muchas historias por contar. Muchos recuerdos. Solo los buenos, porque los malos se callan. Tras el cuestionario básico sobre trabajos, estados civiles y familia comenzaron a brotar los «te acuerdas». De una misma vida, de la vida que durante trece años vivimos juntos, cada uno recordaba solo una parte. Detalles que para unos han sido importantísimos pasaron inadvertidos para otros. Para reconstruir lo que nos pasó de los tres a los dieciséis años habría que reunir las memorias de todos. Y aún así, la memoria recordaba sería insuficiente. Nunca sería bastante frente a la memoria olvidada y la memoria soñada. Lo que cada uno cree que ocurrió y que, sin embargo, jamás pasó. Solo en nuestros sueños. Yo recordaba como mi gran amiga de la infancia se pasó un año entero enseñándome a escribir con la mano izquierda. Fue el año en el que tanto ella como yo dejamos de estudiar matemáticas. Ella no se acordaba, pero tenía otros recuerdos que yo olvidé. Somos carne y alma. Sangre e ilusiones. Es verdad. Pero ante todo somos memoria. Recuerdos.