Profundidades

AROUSA

He vuelto de mis vacaciones. Técnicamente, he estado en las profundidades del mar de Andamán. En la costa de Tailandia. Buceando. Pero en esos días de sol, agua salada, arrecifes coralinos, peces de mil colores, arenas blancas y personas sonrientes ha habido mucho más. También he buceado en mis propias profundidades. Las únicas en las que siempre he temido sumergirme por miedo a no regresar jamás. A no tener aire suficiente en los pulmones para volver a la superficie. Inmersión tras inmersión me he dado cuenta de que la vida es una secuencia de cosas sencillas y de que los muros que nos encontramos en la carretera del día a día no son para estrellarse contra ellos a toda velocidad. Que a veces la carrocería del coche no aguanta el impacto y que lo prudente es parar el vehículo, dar marcha atrás y buscar un desvío. Casi siempre hay que tomar distancia para ver lo obvio. Porque lo más evidente se muestra difuminado cuando se le observa muy de cerca. Sobre todo cuando en realidad quieres ver una cosa distinta a la que tienes frente a tus narices. El viaje te cambia. Sobre todo si el destino está en tus entrañas. Las profundidades enseñan que hay que ser más positivo y entender que el viaje exige pies ligeros y alforjas llenas.