Hoy retomo mis clases de francés. Me encanta ir a la academia de mi profesor y amigo Djamel. Xanela se llama el centro y en su aula pequeña siento que el mundo se agranda y se hace más hermoso. Siento que se me abre la mente. Para un español, una de las cosas que más le marcan cuando estudia otros idiomas es que casi ninguna otra lengua distingue entre el ser y el estar. Ellos siempre son. Son parisinos, ingleses, son aquí, son allá, son malos o buenos. Pero no están. Y nosotros estamos. Estamos en los sitios y estamos buenos o malos independientemente de si lo somos. Se puede ser bueno y estar malo, enfermo. En francés o en inglés siempre se es. Y a mí me preocupa más el estar que el ser. Porque no tengo un problema con el ser. Lo que me suele tener la cabeza ocupada es el estar. El cómo estoy. Si me siento optimista o si me deslizo por la resbaladiza pendiente del desánimo. No es nada nuevo. No me siento especial. Es lo mismo que le preocupa a usted. Y más o menos lo mismo que le inquieta desde hace siglos al resto de mortales. He invertido muchos esfuerzos en intentar conocerme mejor. A saber si estoy bien o mal y porqué. No he llegado a ninguna conclusión. Y ahora he decidido que no quiero saber más. Que solo quiero estar.