Una amiga y colega repite estos días como un mantra «son rachas» para sobrellevar uno de esos momentillos chungos y duros que la vida te sirve en bandeja negra y normalmente cuando menos te lo esperabas. Son rachas, sí. La vida es eso. Una consecución de ciclos. Buenos, malos, regulares y hasta los hay que inclasificables. Cuando agarras uno de esos baches, la dirección del vehículo inmaterial en el que todos vamos subidos parece perder por un momento la línea recta. Es como si tuvieses los ejes torcidos. Empeñarse en conducir un aparato en ese estado es un suicidio. Es mejor poner los intermitentes de avería, disminuir la velocidad, echarse a la derecha de la carretera y detener el motor. Luego, con tranquilidad, te enfundas el chaleco amarillo chillón, te bajas y llamas a la grúa para que se lleven tu vehículo averiado al taller más próximo. Si tienes suerte y constancia, si confías en los mecánicos y en el jefe del taller, la mala racha que te ha averiado no durará mucho y en no mucho tiempo podrás volver a conducir por las calles y las autopistas. Y siempre adelante. Porque el pasado, que es el país en el que viven las fotos, los vídeos y los recuerdos, sirve como experiencia, pero no para volver a llenar el depósito de gasolina.