Conozco a un hombre que camina. Todo el tiempo. A todas horas. Del alba al ocaso. Incluso de noche. Él camina. Tiene un problema de salud. Uno raro. Si no camina, los músculos se le atrofian. O algo así. Así que le veo siempre de aquí para allá. Caminando. Siempre que me lo cruzo, pienso en escribir estas líneas. Porque su historia me parece la imagen perfecta de la existencia humana. Avanzar o caer. Continuar o detenerte. Vivir o morir. Y él ha optado por apretar los dientes, masticar el destino y tragarse su mala suerte. Ha escogido avanzar. A pesar de todo. Contra todo. Su firmeza me asombra y en secreto le envidio. Y siento que estoy loco por envidiar a alguien con un problema tan grande. Mayor que cualquiera de los que a mí me tienen detenido. Parado. Muerto. Sueño con caminar como él. Con avanzar. Con dejar atrás los laberintos y los túneles. Los callejones sin salida. Porque la vida es como la enfermedad del hombre del que hablo. Si no avanzas, te atrofias. Se te paralizan los músculos. La grandeza de los hombres está resumida en la vida del hombre que camina. Aguantar el golpe, asimilarlo, calzarte las zapatillas de deporte, ponerte ropa cómoda y salir a caminar. Y no detenerte jamás. Hasta caer para siempre, pero peleando por avanzar.