El error es tan humano como el acierto. Tan cotidiano como comer, respirar, reír o llorar. Mi madre dice que nadie nace aprendido. Vamos, que la vida te enseña a golpes. Algunos de ellos bajos. De los que te dejan sin aliento. Pero si errar es humano rectificar es de sabios. Y ese ya es otro cantar. Porque a pocos se les da tan bien rectificar como errar. Pongamos como ejemplo al alcalde de O Grove, José Antonio Cacabelos (PSOE), y el caso del muy necesario reglamento de las collareiras de A Toxa. El regidor metió la mata hasta la altura del sobaco al desautorizar el buen trabajo realizado por la concejala de Industria, Vitoria Canoura (BNG), redactando un documento que regulariza a las collareiras. Una actividad que hasta ahora ha sido un auténtico desmadre. A la americana no, a la grovense. Que son peores. La actitud de Cacabelos puso en peligro al gobierno local. El alcalde echó un pulso a los nacionalistas y lo perdió. Y, al final, se ha tenido que comer su orgullo y el reglamento, votando a favor en el pleno. Pero en lugar de dejarlo ahí y rectificar, insiste en el error. Y dice que el documento aún se puede modificar. Y vuelve a molestar a sus socios de gobierno. Las collareiras tienen que pagar impuestos. Vivir en el mundo real. Y Cacabelos, también.