El consistorio de O Grove se queda cada vez más escaso

AROUSA

Personal y usuarios padecen día a día las estrecheces de un edificio obsoleto

27 abr 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

La casa consistorial de O Grove se queda pequeña. No hay más que echar un vistazo para comprobar las estrecheces e incomodidades a las que tienen que hacer frente tanto los trabajadores municipales como los vecinos-usuarios que acuden al concello a realizar cualquier tipo de trámite.

Es de los pocos consistorios de la comarca que todavía mantiene su estructura original, a parte de una pequeña reforma realizada en la última planta hace una década, siendo alcalde Miguel Ángel Pérez. Entonces se arregló el tejado, se habilitaron despachos y se remozó el salón de plenos. Hace dos años, al poco tiempo de empezar a gobernar el cuatripartito, se realizaron nuevas obras en la planta baja, pero las limitaciones por la falta de espacio siguen siendo las mismas.

Así que mientras en Vilagarcía y Cambados cuentan con consistorios totalmente renovados y A Illa con uno de nueva factura, en O Grove siguen arreglándoselas con el viejo edificio, en el que los despachos son minúsculos, no hay ascensor y la gente tiene que esperar en la escalera para ser recibida por el político de turno.

Lo peor, la planta baja

En los 243 metros cuadrados de superficie que tiene la planta baja, se concentran todos los servicios de secretaría, intervención y registro, además de la sala de la fotocopiadora, el servidor informático, una zona de archivos y la recepción. Hasta balones se apilan en el hueco de la escalera. En medios humanos esto se traduce en 14 funcionarios con puesto fijo, es decir con mesa y silla, y un trasiego constante de personal de otros departamentos y concejales, a lo que hay que sumar el público que guarda turno al otro lado del mostrador. Hay momentos a lo largo de la mañana que el vestíbulo está copado y casi no queda espacio para acceder a la escalera.

A medida que se suben escalones la situación va mejorando, pero no demasiado. En la primera planta se concentran buena parte de los estancias destinadas a los políticos. Los de la alcaldía y la secretaría son los únicos despachos en los que uno puede estirar las piernas a gusto. Los demás son cubículos. El despacho del concejal Fredi Bea es el más grande y no llega a diez metros cuadrados; ofrece, sin duda, la mejor estampa para ilustrar la precariedad de espacio del concello. Allí trabajan el edil y el técnico adscrito a las concejalías de Medio Ambiente y Limpeza. Las cajas de cartón se apilan en el suelo llenas de papeles porque en las estanterías ya no queda ni un resquicio y esto, además de una manifiesta falta de operatividad, rezuma una pobre imagen institucional.

Despachos mini

Junto al despacho de Fredi Bea está el que se le asignó a los concejales Noemí Outeda y Xan Lamelas. Una imagen vale más que mil palabras: últimamente se usa como paragüero. La concejala socialista no le saca rendimiento y el edil de EU ni se pasaba por allí, ni se pasará. Desde hace un mes forma parte de la oposición y esto lo ha dejado sin oficina.

Al otro lado de la escalera hay otro pequeño despacho para uso de los concejales Ángeles Domínguez y Jorge Olleros y en la esquina está el del primer teniente de alcalde, Carlos Álvarez Besada, en el cual apenas caben tres personas sentadas.

No hay sala de espera, de modo que quien quiera hablar con el alcalde o los concejales tendrá que sentarse en el banco que hay en el pasillo y cruzarse con todo el que sube y baja, y si cuadra, se enterará de lo que se cuece en la sala de juntas, en la que se celebran las comisiones de gobierno y las informativas, entre otras reuniones internas. Solo un cristal separa esta habitación del pasillo.

En la segunda y última planta la sensación de claustrofobia se mitiga. La reforma dejó unos espacios más funcionales, pero igualmente insuficientes. Allí está el despacho de los ediles Vitoria Canoura y Antón Mascato, que hace también funciones de sala de audio; si sitúa también el salón de plenos, la oficina del aparejador y demás servicios técnicos. Las estanterías ya no tienen más hueco ni soportan más peso de modo que allí solo se guardan los expedientes más recientes. El resto se envía a la casa de la cultura.

La casa consistorial no es una ruina, pero casi. Este invierno hubo goteras y quien vaya en silla de ruedas tendrá que dar aviso a un funcionario para que el concejal lo atienda en el vestíbulo. La privacidad en el consistorio se cotiza al alza.