No me gusta la lluvia. Sé que es esencial para todo, pero a mí no me gusta. Mi madre siempre dice que solo debería llover de noche y sobre los pantanos y cultivos que lo necesiten. Sería ideal. Lluvia programada, como si de una lavadora se tratara. A la carta. Pero las cosas no son así de sencillas. Desafortunadamente, nada es fácil. La lluvia es cómo la vida misma. Es su esencia. Y se comporta de la misma e impredecible manera. Llueve cuando tiene que llover de la misma manera que en la vida las cosas suceden cuándo tienen que suceder. A mí la lluvia me pone triste. Acabas por no querer salir de casa y las horas se te van haciendo eternas. Y cuando eso te pasa ya no hay película, programa de televisión, libro o partido de fútbol que te saque del pozo del aburrimiento. La lluvia es un latazo. Por ser fino. Te empapas por mucho paraguas que lleves. Cómo en la vida misma. Por mucho que te intentes proteger. Por muchas precauciones que tomes. Por despacio que vayas. Por mucho que te hayas propuesto hacer las cosas bien. Por mucho que hagas, cuando llueve de lado nadie te salva de la mojadura. Y últimamente llueve mucho de lado. Como diría una amiga mía, la vida es dura. Y vaya si lo es. Habrá que esperar a que escampe. Dicen que siempre lo hace.