Lleno, por favor

AROUSA

Soy igual conductor que persona, creo. No por la forma de manejar el coche, sino por la manera en la que, en muchas cosas, me comporto cuando voy al volante. Soy de esos que siempre llenan el depósito cuando llega a una gasolinera. De esos que notamos los sablazos que nos meten las petroleras porque no llevamos años pagando 20 euros cada vez que repostamos. Me gusta ver a tope el indicador del tanque de combustible. Lo mismo para mi vida. Me gusta sentir que voy lleno, que tengo carburante de sobra para el viaje de cada día. Y cuando veo la agujita bajar, me pongo nervioso. En un viaje reciente me dio por cumplir a rajatabla los límites de velocidad. Me di cuenta de que mi coche bajaba muchísimo su media de consumo. Y me dio por pensar que la vida es como un coche, al menos como el mío. Llenas el depósito antes del viaje y tienes dos opciones: o ir muy deprisa, con elevados consumos y recorrer menos kilómetros o ir a una velocidad acomodada, rebajar los litros que se traga el auto y poder así recorrer más distancia. Quizás he vivido un poco aprisa últimamente. Obsesionado con llegar a la meta. ¿A qué meta?, dirá usted. Ya, yo tampoco lo sé del todo. Ahora he decidido llenar el tanque a tope cada día y circular despacito, para llegar más lejos.